No es éste un relato verdadero, aunque si lo son los nombres de esta historia. Escrita solamente para homenajear a la escuela y a los compañeros con los que cursé los años escolares.
El ambiente en el restaurante es bullicioso, se oyen voces, algunas se elevan sobre otras como queriendo marcar el ritmo de la charla. Quizá los anónimos vecinos a esta mesa se conmuevan mientras sus nostálgicos espíritus evocan para sí, una época inolvidable al escuchar el diálogo entre los presentes.
Esta reunión de cincuentones ignoro quien la organizó, pero estoy seguro que será difícil olvidar este momento.
¡Cómo para no recordarlo! Si aquí están los compañeros de la primaria y salvo dos o tres, a los que veo una o dos veces al año, los demás solo permanecían en la abstracta visión de la memoria desde el final de sexto grado.
No están todos, pero no me atrevo a preguntar por los ausentes porque aunque me tilden de egoísta, jamás me perdonaría destruir este maravilloso instante recibiendo una mala noticia.
Frente a mí y sin aquel flequillo rubio que moría sobre su frente, ahora con una calvicie pronunciada, un vaso de vino en la mano a medio tomar, sonriente y emocionado estoy viendo a Grandi. A mi derecha hablando sin parar despreocupado y distendido está Sarando.
Sobre mi flanco izquierdo Parissotto conversa con Sierra.
Alzando la vista y girando lentamente la cabeza, al verlos puedo ir recordando aunque resulte un tanto difícil, cada uno de los nombres de mis históricos compañeros.
La expresión de sus miradas sumando a esto algunos de sus rasgos, a pesar de los treinta y ocho años sin verlos clarifican la memoria que como por acto de magia, va dictándome el apellido de cada uno de ellos.
Los dos Alvarez, Antonio y Raúl, Marini, el “gordo” Cirelli, Loureiro, Rissetto, Echegoyen, González, son algunos de los que han acudido a esta cita.
Hace dos meses me enteré de la reunión y todavía como dije anteriormente no sé a quien se le ocurrió convocar a estos traviesos duendes del pasado pero, para él sostengo mi más cálido aplauso.
Mientras observo a Sarando retrocedo en el tiempo para recordar aquel famoso cuarto grado, el que bosquejó la hoja donde de apoco fueron dibujándose algunos de los mejores momentos de mi infancia.
El cuarto grado no era como los anteriores, desde primero inferior veníamos escuchando cosas de la señorita Leonor y precisamente lo que oíamos no era muy simpático para los que habíamos alcanzado la “desgracia “ de tenerla como maestra.
Desde el primer día de clase comenzamos a sentir el rigor de sus ensordecedores e histéricos gritos, aquellos que nos propinaba cuando estábamos distraídos.
Conocía a casi todos los compañeros que habíamos iniciado el curso ya que desde el primer grado estábamos juntos salvo tres, García y Juiz que venían del turno tarde y Sarando. Este último comenzó las clases una semana más tarde, era mucho más grande que los demás en físico y en edad.
En realidad sí lo conocía, pero de vista porque era la tercera vez que cursaba cuarto.
El día que Sarando se unió a la clase y cuando la señorita Leonor, como todos los días pasó lista rigurosamente un segundo después de haber entrado todos los alumnos al aula (Al que llegaba más tarde de ese instante lo consideraba ausente ademàs era ignorado durante todas las horas por la muy maldita y encima se llevaba de “regalo” una nota en el cuaderno, que debía traer firmada por el padre o la madre al otro día) como decía, luego de nombrarlo a Sarando, sentenció.
- Usted va a egresar de esta escuela el día que la higuera que está en el patio del fondo del colegio de frutos.
Ninguno de nosotros entendió bien esa frase, sabíamos por supuesto que no eran elogios.
Esas palabras permanecieron como eco deambulando en mi cabeza, cuando finalizó el horario de clase al regresar a casa lo primero que hice fue preguntarle a mi hermano.
Él cursaba la secundaria pero había hecho la primaria como la estaba haciendo yo en el Agustín Álvarez.
- Tu compañero según la maestra, difícilmente egrese alguna vez - me contestó para agregar al instante.
– La higuera del colegio es estéril.
Le pregunté que era estéril, ya que no conocía ese termino y respondió.
- Si mañana te detienes a mirar por un instante la higuera, te parecerá una planta sana, muy frondosa pero no es como las otras de su especie, no dará frutos, jamás podrás comer un higo que nazca de sus entrañas, eso es ser estéril, no dar frutos.
El siguiente día observé la planta a la que nunca le había dado importancia solamente a partir de octubre, cuando el sol era fuerte y me cobijaba bajo su sombra en los recreos.
Con el pensamiento de mis diez años y sorprendido por lo que me había enseñado mi hermano le dije – Así que estás enferma.
Algunos de mis compañeros eran un poco molestos, venían tomándome de punto desde tercer grado, fue cuando comencé a usar anteojos.
El oculista le dijo a mi madre problemas hereditarios, en casa todos usaban lentes, yo no iba a ser la excepción.
Me decían cuatrochi, cuatro ojos, ciego, chicato, algunas veces me enojaba y terminábamos a las piñas.
Una de esas veces fue cuando Castello y Liguori se pusieron bastante cargosos, a la salida insistían con las bromas, yo estaba muy caliente, tiré una trompada pegàndole a Castello en la nariz pero eran dos, ellos me revolcaron por el suelo, los tenía sobre mí, pero de pronto comencé a ver la claridad y pude levantarme.
Castello había desaparecido, huido cobardemente, pero lo entiendo pues grande fue mi sorpresa cuando vi a Liguori, mejor dicho a sus pies que no apoyaban sobre el suelo y todo su cuerpo parecía una marioneta pendiendo del cuello de su guardapolvo. Su cara se notaba pálida, las manos de Sarando lo sostenían mientras me decía – Dale, fajalo, que éste no te jode más.
- No, no vale la pena, no es para tanto. Le dije en un acto de compasión al ver llorando al pobre infeliz de Liguori.
Desde ese día nos hicimos amigos con Sarando, al mes ya nos conocíamos bastante.
Fue muy triste lo que contó durante esos días, cuando cumplió diez años, su mamá enfermó repentinamente, enseguida su salud fue agravándose, a los dos meses falleció.
Jamás supo cual fue la causa de su muerte, tampoco preguntó màs como su padre trabajaba todo el día quedó al cuidado de su abuela materna. Nunca pudo superar la muerte de su madre, pasaba horas pensando en ella.
Quise ser su amigo, ayudarlo, como él lo había hecho conmigo y lo logré, estudiábamos juntos , también jugábamos, los demás compañeros ya no me molestaban.
Liguori y Castello se nos unieron, también venían a estudiar, luego todos nos íbamos a jugar con la de goma al hoy entrañable y abstracto potrero de la esquina.
El año pasó rápido, el día que dieron los boletines, la señorita Leonor llamó a Sarando le dio un gran beso y lo felicitó.
Pensándolo bien después de tantos años, la “pobre” señorita Leonor no era mala, era una maestra con todas las letras.
Quinto y sexto se fueron como un suspiro, casi ni me acuerdo de ellos, salvo cuando recibimos el título de egresados aquel glorioso diciembre del sesenta y dos.
Con Sarando cursamos la secundaria en el Nacional Rivadavia, cuando estabamos finalizando el tercer año nos enteramos de una kermesse que organizaban en el Agustín Álvarez.
El motivo era recaudar fondos para mejorarlo, había que restaurarlo, el edificio que lo albergaba era muy antiguo.
Decidimos ir, ya que no habíamos regresado desde la graduación. Cuando entramos nos dimos cuenta que aquel que nos parecía un enorme colegio era mucho más pequeño del que habían idealizado nuestras mentes.
Fue emocionante volver a pisar cada baldosa, recorrer cada rincón de la escuela, porque todos sus sitios estaban impregnados de perennes nostalgias mientras, solitaria en el patio del fondo se erguía serena y majestuosa la higuera estéril.
Grande fue nuestra sorpresa cuando nos acercamos y vimos los hermosos higos que pendían oferentes de sus ramas.
Entonces nos acordamos de la señorita Leonor, de aquellas palabras que pronunció en cuarto grado.
Al despedirnos de la higuera, no pude contenerme y hablándole como a una amiga le dije – Siempre supe que te ibas a curar.
Deambulamos un poco más por la Kermesse para luego marcharnos, habíamos caminado media cuadra por la calle Humberto I° cuando Sarando sacó dos grandes higos del bolsillo luego de convidándome con uno, los fuimos saboreando mientras nos alejábamos lentamente de la escuela.
Otra vez el murmullo y las risas retornan mi conciencia a este mágico presente.
El viejo colegio fue demolido en los setenta, en su lugar hoy el Agustín Álvarez es un edificio moderno, la higuera se quedó con aquél para juntos convertirse en una encantadora leyenda de nuestros años escolares.
A mi derecha está el doctor Sarando jefe de cardiología del Hospital de Clínicas, uno de los mejores frutos de la higuera.
FIN



