EL P R I N C I P I O
El silencio todo lo invadía, el espacio estaba colmado de luz, de una luminosidad de la que me sentía parte, de un fulgor intenso que unido a ese mutismo insondable que me envolvía, era una santificada paz que jamás había percibido.
Esta impensada situación me conmovía, ignoraba que estaba ocurriendo y, extrañado, meditaba si todo era real o solo un sueño.
Súbitamente el silencio fue interrumpido por una melodía celestial, esta partía de un punto donde el resplandor se advertía más denso.
No sentía sensaciones en el cuerpo, me movía, pero no estaba caminando, flotaba.
La luz delineaba un sendero, un pasillo sin contornos, sin límites visibles.
A mi lado y en idéntica dirección, como atraídos por algo majestuoso marchaban otros seres.
Eran siluetas uniformes con destello propio, intuía que podían ser humanos como yo, pues mi imagen era semejante a la de ellos.
Todos nos dirigíamos impulsados por una fuerza agradable y una bella sensación de bienestar a un infinito y centelleante portal.
Solamente la claridad cubría mi aspecto al final del laberinto, todo se fundía en ella uniéndose en algo absoluto.
Debí haber atravesado lo que me pareció un portal, porque inmediatamente todo cambió.
Un valle fértil, entre dos montes tupidos de pastizal verde intenso, se presentó ante mí.
Una cascada con aguas cristalinas descendía por la espesura espejeando el paraje, allí fue donde pude reencontrarme con mi rostro, en el reflejo del estanque.
La pálida piel de mi cuerpo no desentonaba con la túnica blanca que me cubría.
El cielo se presentaba añil, sereno mientras, su interior emitía un resplandor blanco, inmaculado, el instante semejaba la hora del alba.
El clima cálido hacía plácido el momento, no había brisa, la calma era elocuente.
Enfrentado a una florida magnolia de intenso aroma, sobre un rectangular y largo granito que se hallaba a sus raíces, desorientado me senté a meditar.
A pesar de la agradable sensación, una y otra vez, me preguntaba qué extraño lugar era ese.
No estaba solo, había más gente, hombres y mujeres de diferente linaje y distintas edades, recorrían el paraje.
Sus rostros se veían pálidos como el mío y se notaba en ellos una sensación de fascinación similar a la que yo sentía.
Vestían túnicas blancas de una tela liviana, sin escote, con mangas largas que los cubrían por sobre los tobillos.
Una madre con su pequeño en brazos, deambulaba sobre el contorno del lago. Caminaba descalza. Todos andábamos descalzos.
La superficie era una alfombra de hierbas menudas, suaves, que al andar se tornaba insensible a la planta del pie.
A pesar de sus rostros pasmados, advertía en ellos serenidad, cosa que también notaba en mí, una sensación que nunca antes había experimentado.
Creo que todos, inclusive los niños, mientras jugaban saltando sobre los troncos de algunos árboles tumbados, esperábamos que alguien nos explicara por qué estábamos allí.
De pie junto a la roca, bajo el árbol frondoso y perfumado, mientras observaba distendido jugar a varios pequeños, advertí que alguien se hallaba en mi entorno… ¿Quizás para procurarse compañía?
Sentada sobre el granito a mi espalda, una mujer de edad madura era mi ocasional compañera; junto a ella, un hombre que aparentaba unos cincuenta años y una muchacha que parecía apenas traspasar la adolescencia de cabello largo y rubio, contemplaban la escena.
La mujer de unos sesenta años, de mirada profunda, ojos pardos y cabello entrecano examinándome, se presentó.
- Mi nombre es Raquel – dijo en un bajo timbre de voz.
- El mío Marco – respondí.
- Yo soy Esteban – pronunció el cincuentón detrás de mis palabras.
- ¿Y el tuyo? – interrogué a la muchacha, que aún permanecía en silencio.
- Dalia – expresó con tono melodioso.
La mujer de edad madura tomó la iniciativa,
Segura de sus palabras, comentó: - Noto que están sorprendidos y, a la vez, confusos.
Era verdad, esa ambigua sensación anidaba en mí, creo que lo mismo les sucedía a Dalia y Esteban.
Presentí que ella poseía algún indicio, un elemento que desentrañara ese misterio del cual éramos, a mí entender, partícipes involuntarios.
Raquel seguía sentada sobre la compacta roca de granito, a su derecha Dalia también sentada, la observaba con atención, mientras Esteban y yo permanecíamos de pie.
- Voy a relatarles una historia que los va a conmover - manifestó la mujer – dejando detrás de su dicho, el suficiente suspenso para que los tres nos pusiéramos a escuchar atentamente en silencio.
II
Ellos se conocían desde la adolescencia, fueron compañeros en la escuela secundaria, donde comenzaron a noviar. Juntos cursaron la universidad y se recibieron de abogados.
Luego de un tiempo de lucha y sacrificio, lograron instalar un estudio jurídico. Transcurridos dieciocho años de matrimonio y habiendo concebido una hermosa parejita de hijos, componían una familia feliz.
- Así comenzó Raquel su relato y prosiguió, con tono suave y triste, pero sin titubeos.
Los fines de semana tenían por costumbre escaparle a la gran urbe, a sus ensordecedores ruidos, a su aire irrespirable. Para esas ocasiones, tiempo atrás, habían adquirido una pequeña quinta, no muy alejada de la ciudad.
La noche anterior a uno de esos rutinarios viajes, mientras se aprestaban a ordenar sus equipajes, un llamado telefónico cambiaría el futuro de sus vidas.
Ismael, así se llamaba el padre de familia - aclaró Raquel – atendió el llamado, seguidamente paso la comunicación a su esposa. Del otro lado de la línea una voz entrecortada por quejidos suplicaba su presencia.
Segundos después, finalizada la comunicación, Ismael interrogó a su mujer.
- ¿Qué le ocurre a Inés? `Parecía perturbada.
Ella contestó, mientras acomodaba algunas prendas dentro de un bolso:
-Su embarazo está llegando al final, creo que en cualquier instante nacerá su bebé. Me rogó hacerle compañía.
Él la miró a los ojos, la conocía muy bien y murmurando, dejó escapar de sus labios un - parece que no tendremos paseo.
- Tú sabes que Inés está sola – respondió su esposa, agregando – su novio la abandonó al saber que estaba embarazada, además no tiene familiares y soy su única amiga.
- Nos quedaremos sin viajar - insistió Ismael, como resignado -.
- No, replicó su señora - aclarando – le prometiste a los chicos pasar el fin de semana en el campo, recuerda que estarás ausente un mes por asuntos de trabajo y te van a extrañar, como tú a ellos. Es bueno que viajen, así luego soportarás mejor no verlos.
Ismael meditó un instante y alegó: – Siempre viajamos juntos.
Su mujer mirándolo con cariño, contestó: – Perdóname por esta vez. No puedo abandonar a Inés a su suerte, es mi mejor amiga, me necesita. Ve tú por favor, disfruta con los niños, luego te echarán de menos.
Así dada la situación, mientras la esposa quedaba junto a su amiga parturienta, el marido y los hijos comenzaban el periplo.
El día amaneció colmado de niebla, la carretera se hallaba bastante transitada y el pavimento resbaladizo.
Luego de una hora de viaje, habían recorrido casi la mitad del camino.
Todo era normal hasta el momento en que en sentido contrario al vehículo que conducía Ismael un auto se aproximaba en forma zigzagueante, al volante un muchacho alcoholizado no alcanzaba a controlar el automóvil.
El bólido se cruzó en la ruta, como un misil buscando destruir su objetivo, el impacto fue enorme, las consecuencias irremediablemente trágicas, el hombre y sus hijos quedaron atrapados para siempre en una mortaja de hierros retorcidos.
Tremenda fue la noticia para la esposa y madre de los hijos. Desde el instante que se enteró del fatal accidente quedo sumergida en un abismo depresivo, sin consuelo.
Los días se tornaron insoportables, las horas eternamente amargas.
El tiempo no lograba menguar en su mente, como era lógico, aquel terrible episodio.
Transcurridos dos interminables años, todo seguía igual.
A los cuarenta y siete años tenía el aspecto de una mujer de sesenta, las canas poblaban en parte su cabellera, algunas arrugas profundas en su rostro, más un caminar cansino y encorvado contribuían a darle esa imagen.
Era un crudo invierno. Ambulaba por las solitarias y frías callejuelas del sector más antiguo de la ciudad.
La situación climática contribuía en gran medida para que todo permaneciera desierto.
Llegó al viejo puente mientras, una fina llovizna humedecía su rostro. El riachuelo corría mansamente cincuenta metros ahí abajo, las imágenes de su esposo e hijos parecían llamarla desde el lecho del río.
Parecía hipnotizada, arqueó su cuerpo por sobre la baranda, extendió los brazos y se dejó caer. Sus pupilas se dilataron mientras caía y solo seguía viendo a su familia en ese viaje sin regreso.
Su frágil cuerpo rebotó sobre la orilla, un hilo de sangre emergió de sus oídos y otro desde sus fosas nasales, quedo inmóvil mientras el agua y el silencio formaban el entorno.
- Así concluyó Raquel la trágica historia. Lo increíble es que nos confesó en el que esa mujer había sido ella.
Si con su relato intentó conmovernos, al menos conmigo logró su cometido. Pero con la última frase mi confusión fue enorme.
Si ella era una de los protagonistas del relato y se había quitado la vida, cómo podía estar en ese momento conversando con nosotros.
Dalia no había perdido detalle de lo narrado. Mientras observaba atentamente a Raquel y ésta se reflejaba en el verdoso iris de sus ojos, desconcertada expresó:
-No creo lo que has relatado, no puedo entender como es posible que si tomaste la horrible decisión de quitarte la vida, estés dialogando con nosotros.
Esteban y yo opinábamos lo mismo. Raquel tenía un semblante pálido, pero era una particularidad que nos concernía a todos, por lo demás no presentaba golpes a la vista ni tampoco sangraba y se movía con normalidad.
Ella nos trató de incrédulos, incapaces de entender la realidad, agregando:
- Todos de una u otra forma, en cierto momento de nuestras vidas hemos adquirido un abono, una entrada para arribar a este sitio, con una fecha estimada que sólo se halla en de nuestros genes.
Algunos, como yo, por propia decisión. Otros tal vez, como les ha sucedido a ustedes, inconscientemente.
Al finalizar su aclaración, Raquel nos observó en silencio por un instante, quizás tratando de adivinar lo que pasaba por nuestra mente.
Por el relato escuchado y el recuerdo de mis últimos instantes antes de comenzar esta extraña travesía, la situación, daba para pensar en algo sobrenatural.
Si en determinado momento ella había tratado de intuir qué pensábamos, creo que en mi caso se dio cuenta, pues yo percibía que alguna mutación había cambiado nuestras vidas.
La mujer comentó que cada uno debía resolver ese misterio y para conseguirlo, a su entender, había que hilvanar los últimos pasos dados antes del llegar a este lugar.
- Si sin conocernos nos has contado parte de tu vida, - comentó Dalia, advirtiéndose el tono adolescente de su voz - no puedo dejar de narrarte, ni tampoco a ustedes, algo de lo que he vivido y, particularmente, lo que me ha ocurrido en estos últimos meses.
-Estoy sorprendida, hay una fuerza superior que gravita en mí, una virtuosa sensación que jamás había advertido, un secreto de confesión que induce a sincerarme por medio de ustedes.
Esa energía interior de la que hablaba la muchacha, también la experimentábamos Esteban y yo.
Recuerdo, que mientras las dos mujeres dialogaban, nosotros habíamos estado cambiando opiniones, arribando a la misma conclusión.
Era algo inevitable de controlar, un poder incontenible por el cual debíamos confesar ciertos e importantes momentos de nuestras vidas y fundamentalmente los últimos instantes vividos.
Esa práctica de sinceridad nos conduciría a conocer la verdad, a revelar cómo habíamos arribado a ese lugar y porqué.
Los grandes ojos verdes de Dalia se abrieron, descubriendo sus pupilas iluminadas de recuerdos.
Era una mujer de bello rostro, su cabello de color oro, largo y lacio, descendía como una cascada sobre sus hombros. Semejaba una catarata de espigas de trigo iluminada por rayos solares, cesando sobre su cintura. La imaginaba muy delgada a pesar de la túnica que la cubría, era la única forma posible para estar en armonía con sus finas facciones.
Jamás supe de mujer alguna con la belleza de Dalia, ni siquiera imaginado que pudiese existir.
La miré detenidamente, era un gozo para la vista y junto a mis ocasionales compañeros me dispuse a escucharla atentamente.
- Nací en un lugar humilde, en un barrio obrero de la periferia, mis padres son gente de trabajo, nunca nos sobró nada, pero papá ha hecho lo imposible para que tampoco nos falte- comenzó Dalia con voz suave, luego continuó:
- Tengo una hermana mayor, apenas un año, ha cumplido veintiuno.
Desde pequeñas hemos sido compinches, juntas caminábamos cada mañana, las cinco cuadras que separan nuestra casa de la escuela y juntas retornábamos por la tarde, agobiadas y ansiosas por llegar a nuestro hogar desandando el mismo camino.
Luego de la merienda que mamá siempre tenía preparada sobre la mesa de la cocina y ya descansadas, nos poníamos a jugar en el pequeño patio de baldosas gastadas y macetas huérfanas de plantas que existen en el fondo de la casa.
Nuestro gran delirio fue, como el de muchos otros chicos de nuestra edad, jugar a lo que nos gustaría ser cuando fuésemos mayores.
Mi hermana Elena soñaba con ser veterinaria y nuestro pobre perro “pancita” sufría las consecuencias. Siempre terminaba vendado de los pies a la cabeza, parecía una momia.
Por mi parte apostaba en esos juegos infantiles a graduarme de abogada, creo que era mi vocación, pues cuando papá o mamá me reprendían por algo incorrecto, hablaba sin parar defendiéndome hasta que ellos se cansaban y decidían perdonarme.
Papá no ha tenido suerte con su trabajo, ha peregrinado por diferentes empleos, se ha desempeñado como cartero, también como albañil y en una oportunidad obtuvo un empleo de agente de seguros.
En la actualidad, trabaja en una oficina de la aduana. Mamá se ha dedicado al hogar, es una excelente ama de casa.
Mi hermana Elena y yo seguimos estudiando, las dos abrazamos la carrera de nuestros sueños de la infancia, ella veterinaria, yo abogacía.
Nuestros padres se sienten orgullosos de podernos complacer.
Pero toda esta humilde felicidad se ha esfumado, hace cinco meses-
Al pronunciar estas últimas palabras su rostro se tornó tenso, su voz se notó por primera vez con un dejo de tristeza.
- Ellos han perdido su sonrisa y se encuentran angustiados - continuó Dalia con su relato, agregando – todo ha sido por mi culpa.
-Una mañana de Marzo, cuando empezaba el mes, comencé con un pequeño malestar que de a poco se fue acentuando.
Me sentía completamente débil, mi piel se había tornado de un color amarillento y la temperatura de mi cuerpo oscilaba alrededor de los cuarenta y dos grados.
Obnubilada por la fiebre vi a mamá y a Elena muy angustiadas.
Oí como lejano el ulular de una sirena y al instante algunas personas con blancas vestimentas, a las que veía difusamente, trataban de conversarme pero no lograba entender nada de lo que decían.
Advertí que me transportaban, luego debo haber pasado a un estado de inconsciencia.
Cuando desperté, me hallaba dentro de una pequeña pieza, sus paredes pintadas de color blanco no contenían ningún adorno, exceptuando la que estaba a mi derecha. Esta mostraba un pequeño crucifijo, en él detuve la vista un instante, mientras de mi mente surgía esa pregunta que nos hacemos los creyentes cuando algo grave nos aqueja.
- ¿Qué sucede Dios mío?
Enseguida el ruego, la súplica.
-¡Ayúdame Señor!
Mi cuerpo parecía una marioneta, tenía conectada sondas que manaban de mis fosas nasales y también de mis muñecas.
Mamá permanecía sentada a mi lado, atenta, con una sonrisa que bosquejaban sus temblorosos labios, observaba como despertaba de mi corto o largo letargo.
Con el devenir de los días, mi salud fue restableciéndose lentamente, luego de un tiempo regresé a casa.
La historia clínica daba cuenta de que había padecido de una repentina hepatitis viral.
Ante una recaída, mi salud se encontraba quebrantada cuando comenzó el invierno, mi cuerpo se debilitó rápidamente y mi organismo no respondía al tratamiento indicado.
Volvieron a internarme, estudios, pinchazos, enfermeros tratándome compasivamente y médicos con rostros adustos, nuevamente mis padres y mi buena hermana preocupados. Creo que sufría más de verlos a ellos, que por el grave estado de mi salud.
Sentía como las fuerzas me abandonaban lentamente y rogué una y otra vez a mi madre contarme que tan mal estaba.
Por fin ella se decidió y con suave y pausado tono de voz, igual a cuando de pequeña me relataba aquellos fantásticos cuentos infantiles al pie de la cama, donde lograba dormirme para soñar con príncipes y doncellas; me relato la pesadilla más horrenda que nunca hubiese imaginado.
- Tranquila hija, tu hígado está enfermo, deben someterte a un transplante, todo está controlado, los doctores realizarán la operación con urgencia.
Ella tenía la mirada triste y sus ojos se tornaron vidriosos, pero no dejó derramar una lágrima.
Lo último que escuche de sus labios fue - perdóname hija mía, mientras su voz se entrecortaba por la angustia.
Mi organismo estaba muy débil para mantenerme consciente, sentía que los párpados pesaban como plomo y cayeron sobre mis ojos igual que el telón en el final de una función.
Extraño fue ver mi cuerpo recostado sobre la cama, tieso, inmóvil, pálido mi rostro e intensamente demacrado, observándolo desde la altura, extraño también, ver a mi madre arrodillada sobre mi lecho con los ojos colmados de lágrimas y a mi hermana y a mi padre de pie en la misma escena, fundidos en un trágico abrazo de impotencia.
Ningún dolor físico me aquejaba, sentí que estaba libre del tormento sufrido por la terrible enfermedad, mas cuando intenté acercarme a mi madre para consolarla, una luz brillante que todo lo envolvía, fue absorbiéndome lentamente.
Así comencé un viaje maravilloso por un túnel pleno de fulgor, culminando en este majestuoso paraíso.
Luego de estas palabras Dalia hizo silencio que todos compartimos, había aliviado su espíritu y también el nuestro. Raquel decidió interrumpirlo para decir.
- Tenemos que aceptar esta verdad – afirmó convencida -.
- La tierra fue el lugar donde habitaron nuestros cuerpos, pero ya no somos organismos materiales, hoy nos encontramos aquí, en este maravilloso sitio, donde sin darnos cuenta siquiera nos hemos convertido en almas liberadas, espíritus con una etérea imagen de nuestros cuerpos.
Me permito decir esto, pensando que a ustedes, quizá les suceda lo mismo, lo único que logro percibir es un vehemente amor a todo lo que nos rodea.
III
Las mujeres dialogaban amigablemente. Esteban escuchaba sin participar, mientras tanto yo observaba los alrededores.
Los niños saltaban, corrían sobre la verde gramilla, ese lugar era verdaderamente un paraíso, un sitio magnífico, espléndido e indescriptible.
Sobre el horizonte, descendiendo por una ladera, flanqueado por seres místicos de holgadas túnicas níveas se aproximaba un niño, cuya edad se podía calcular estimativamente de doce años.
Caminaba lentamente en nuestra dirección y a medida que avanzaba, posaba sus manos sobre cada una de las almas que encontraba en su camino y las bendecía mientras dialogaba con ellas.
A la distancia fui descubriendo su contorno, de su espalda nacían alas, cuyos brotes comenzaban a la altura de la cintura, emanaban del medio de aquella, justo donde se encuentra la columna vertebral.
Estas parecían ser plumíferas, además emitían una luz brillante de color celeste, formando una aureola al rededor de su imagen.
Nunca había visto un ángel y además poco creía en ellos, aunque cierta vez, tuve la oportunidad de visitar el museo de un castillo medieval y algunas de las pinturas y esculturas antiguas que allí se exhibían con motivos religiosos representaban imágenes con alas. Este niño que estaba viendo era sorprendentemente parecido a ellas. Supuse entonces, que los autores de esas antiguas obras de arte, evidentemente se habían inspirado en alguna visión divina.
Abstraído, observando los movimientos de ese espíritu celestial, no advertí que Esteban había comenzado a relatar parte de lo acontecido durante su existencia material.
- Tuve una difícil infancia - comentó lamentándose, para luego agregar.
- Nunca conocí a mi padre, mamá no me habló de él mientras estuvimos juntos, tampoco le pregunté. Pero por comentarios de ella con su hermano, me enteré que la había abandonado antes de que yo naciera.
Mamá intentó en todo momento guiarme por el mejor sendero, a pesar que durante la mayor parte del día no nos veíamos, pues la pobre debía trabajar para poder mantenernos.
Por la mañana me acompañaba hasta el colegio, luego la tía Mónica – ésta era la esposa del tío Luis, el único hermano de mamá, me esperaba a la salida, debía permanecer en su casa hasta el atardecer.
Cuando el día agonizaba, mamá venía a buscarme y caminando de la mano lentamente, retornábamos a nuestro hogar.
¡Cómo aguardaba con ansiedad ese instante, era el momento más dichoso del día!
Nos contábamos lo que nos había sucedido durante la jornada, lo mío de la escuela y lo de su trabajo; nos escuchábamos atentamente.
Una vez en casa, trataba de ayudarla en los quehaceres hogareños, luego cenábamos y al final, ya extenuado por la extensa jornada vivida, me apretaba contra su maternal pecho para quedarme dormido como lo que era, un infante soñador.
Recuerdo que me estrujaba tanto contra su cuerpo, anhelando que el tiempo no nos separara jamás.
Pero eso tan solo fue un deseo. Sorpresivamente un día mamá se sintió mal de salud, tuvieron que internarla en un sanatorio y mis tíos me llevaron a vivir con ellos hasta que se repusiera.
Todos los días, a la salida del colegio pasaba por el policlínico y al verla notaba un progresivo debilitamiento de su energía, a pesar de mi corta edad y a mi escasa experiencia sobre la vida, me sentía aterrorizado ante la posibilidad de perderla.
Uno de esos angustiantes días, en que nos encontrábamos solos en esa pequeña y acongojada habitación, hizo que reclinara mi cabeza sobre sí y rozando con sus labios mi oreja, susurró con un hilo de voz entrecortada.
-Cuídate pequeño mío, que mamá eternamente estará a tu lado para guiarte y protegerte aunque no la veas.
Al día siguiente regresé al hospital acompañado por mi tía Mónica.
Allí estaba el tío Luis, en la sala de espera con el rostro apesadumbrado y sus ojos enrojecidos.
Lo miré con angustia y desesperación y él, con vos temblorosa y colmada de amargura, solo atinó a decirme. – Mamá se marchó al cielo.
Nos confundimos en un interminable abrazo y mientras él descargaba en mí su pena de hermano yo vertía en él mi dolor de hijo.
Entonces estaba por cumplir doce años.
El tiempo fue transcurriendo y aunque los tíos me trataban bien, cuando cumplí dieciocho, decidí marcharme y así enfrentar la vida, tomando mis propias decisiones sin tener que herir ni perjudicar a nadie.
Aún conservo en la retina la imagen de mi tía lagrimeando y en los oídos la voz del tío con un último consejo.
Desde entonces la vida me ha hecho protagonista de diferentes situaciones, muchas de las cuales fueron marcando mi destino.
El amor de mi madre y la circunstancia de haberla perdido de pequeño, solo sirvió para que sucumbiera toda relación amorosa, pues erróneamente comparaba a cada mujer que conocía con ella.
Durante el transcurso de la vida fui convirtiéndome en un individuo solitario, enclaustrado en vehementes pensamientos.
No permanecía en ningún empleo y apenas me alcanzaba para subsistir, el poco dinero que recibía como pago por alguna changa.
Empecé a ambular por la ciudad, sin hogar, sin tener donde habitar, sin un lugar donde cobijarme. Comencé a vivir de limosnas, de la caridad de algunos, sucio, mal oliente, durmiendo en alguna ochava o sobre el banco de una plaza.
Sin imaginarlo, me transforme en un errante. Así es - afirmó Esteban – mientras los tres seguíamos escuchando con atención, sin atrevernos a interrumpir su relato.
- Ustedes están en presencia de un vagabundo, uno de esos harapientos linyeras que se ven en la ciudad, uno de esos marginados de la sociedad. Los que se alimentan de desperdicios y orinan o defecan en la vereda.
Cuantas veces alguno de ustedes al vernos haya preguntado - ¿Porqué vive de esa manera, tendrá familiares? Recibiendo como una posible respuesta. Tal vez sea un enfermo mental fugado de algún centro psiquiátrico.
La vida me ha conducido por este camino y aunque no ha sido el destino que he deseado, lo acepto.
Antes de arribar a este paraíso espiritual recuerdo haber visto a un niño pequeño de la mano de su madre.
Caminan lentamente sobre la vereda, la mujer se distrae un instante, tal vez observando algo en una vidriera, el pequeño se suelta de su mano y desciende a la calzada.
Un vehículo de gran porte circula por la calle, intuyo que el conductor no logrará evitar de arrollar al chico, me adelanto y lanzándome sobre el niño consigo apartarlo de ese destino con la yema de los dedos; sufro un golpe terrible, desgarrador contra mi cuerpo, luego todo es silencio, al instante oigo el llanto del niño y los desesperados gritos de la madre.
Siento elevarme lentamente, todo lo veo como sí me encontrase en el palco de un teatro, la madre y su hijo abrazados en un costado, los dos llorando, gente alrededor de mi cuerpo tendido en medio de la calle, sumergido en un charco de sangre que fluye abundante desde mi cabeza.
Sigo ascendiendo, calculo como unos veinticinco metros, pues tengo una amplia vista de lo que está sucediendo. Comienzo a sentir algo que me atrae, penetro por una brecha inmaterial recalando en un túnel luminoso, escucho una melodía celestial mientras me dejo llevar por una dulce y majestuosa sensación.
Ahora estoy con ustedes - Así concluyó Esteban su relato.
Lo narrado por Esteban, contenía un final similar al relato de Dalia. Esta forma, al entender de los cuatro, era la manera que cada espíritu abandona el cuerpo terrenal, el cual Dios nos ha asignado a cada uno para luego…
¡Quizás! El niño ángel, que continuaba acercándose pausadamente e inevitablemente en algún instante iba a estar frente a nosotros, nos podría develar esta incógnita.
Por fin había llegado mi momento, no soportaba más contener en el alma lo que en forma concisa debía narrar de mi vida.
Ellos estaban atentos, ansiosos por saber algo de mí, Dalia y Raquel continuaban sentadas sobre la piedra, bajo el árbol perfumado, mientras Esteban continuaba de pie.
Comencé refiriéndome a lo que tal vez fue, el origen por el cual mi espíritu se hundió en lo más profundo y oscuro del ser, dando paso a una vida miserable, una vida donde solo hubo sitio en tiempo y espacio para la lujuria, la codicia, el vicio. Donde la prioridad, fue lastimar al semejante, al estar mi cuerpo poseído por la envidia, la maldad, la vanidad.
Perdí a mis padres en un accidente de avión, cuando apenas tenía once años, quedando a cuidado de mi único tío, hermano de papá y soltero empedernido. Tal vez porque solo le ha interesado durante su existencia la industria petrolera de la cual mi padre era su socio.
Luego de la muerte de mis padres, lo primero que hizo fue mudarse a casa y contratar una institutriz para cuidarme y educarme.
Así transcurrieron cinco largos años de mi vida, junto a Irma. Era una buena mujer. Además de haber aprendido todo lo que me enseñaba, también aprendí a odiarla.
Creo que la principal causa de mi desprecio se fundaba, en que la imaginaba queriendo ocupar el lugar de mi madre.
Al tío Aldo, ese es su nombre lo veía poco, siempre estaba atareado, ocupado con múltiples negocios en su oficina de la empresa o en reuniones de directorio o bien visitando la refinería.
Cuando se encontraba en casa, también pasaba largas horas sentado frente a su escritorio, revisando proyectos sobre algún negocio que le procurase interesantes ganancias.
Cierta vez, aburrido del rumbo que tomaba mi existencia, ideé un plan para escapar de esa monótona y odiosa manera de vivir.
Robar las joyas qué el tío Aldo guardaba celosamente en la caja fuerte empotrada en una de las paredes de su dormitorio, disimulada y detrás de una cortina, fue mi objetivo.
Un día, hurgando en su escritorio, descubrí un trozo de papel donde podían leerse cinco números con distinta orientación, hacia derecha e izquierda respectivamente. Esta clave era la combinación con la cual se habría la puerta que me guiaba directamente a contactarme con esas alhajas que poseían un gran valor y que, por otra parte, varias de estas, a mi entender me pertenecían, ya que recordaba que algunas se las había visto lucir a mi madre: un hermoso collar de perlas que mi padre le obsequió al cumplir años de casados.
Retenía en la memoria la clave con los números, en varias oportunidades la había utilizado para estar cerca de las joyas.
Irma tenía un día libre en la semana y fue cuando decidí volver a utilizar la combinación para abrir la caja fuerte, retirar las joyas y no regresarlas nunca más.
El tío Aldo, no tardó mucho en darse cuenta que alguien había hurtado su preciado tesoro, pues le deleitaba una vez por semana recluirse en su habitación y como si fuera un rito, un acto necesario, quedarse extasiado admirando esa pequeña fortuna. Creo que para él, era una fuente de energía que le daba impulso para seguir con sus negocios y acumular más y más riqueza.
Desde mi habitación oí su alarido, más asomándome al pasillo, lo vi como enloquecido moviéndose de un lado a otro, mientras vociferaba - ¡Me han robado, me han robado!
Su cara regordeta y colorada parecía apunto de estallar.
Luego de algunos instantes y un poco más calmo llamó a Irma, ésta al enterarse no encontraba explicación alguna a lo que había sucedido.
En ese momento decidí intervenir, bajé lentamente la escalera que desembocaba a la sala de estar, precisamente donde se hallaban conversando el tío con Irma y mirándolos, levante la mano derecha y apuntando con el dedo índice, como si fuese un arma de fuego, descargué mis perversas municiones sobre el débil y frágil blanco que resultó ser la institutriz.
- Ella es la ladrona – grité a viva voz – la vi – afirmé, tratando de convencer y convencerme de tan asquerosa mentira.
El tío miró a Irma fijamente y con voz severa dijo: - Nunca hubiese esperado esta traición de su parte.
Él pretendió denunciarla pero lo disuadí.
Irma no se defendió y aunque imaginaba la verdad, nada dijo, me quería demasiado, bajó la mirada, se dirigió a su cuarto, empacó sus cosas y nunca más la vi.
Ya no hubo dificultades ni obstáculos para hacer lo deseado, el tío se resignó a la perdida de las alhajas y siguió dedicándose a sus negocios olvidándose de mí.
No busco un reemplazo para Irma, muy pronto cumpliría dieciocho años y ya no estaba para que alguien me cuidase.
Con el tiempo comencé a frecuentar lugares de baja reputación.
Las malas compañías acentuaron mi naufragio, un día aspiré el maldito polvo blanco, desde ese instante fui prisionero del vicio.
También es necesario que les hable de mi relación con Paula, de sus ojos grandes y marrones, que con solo mirarme despertaron en mí, ardientes deseos sexuales.
Cuantas noches de orgía hemos pasado hasta el amanecer, fundidos en un ser ardiente de placer, retorciéndose, empapándose en sudor hasta el éxtasis.
Lo que les voy a relatar, es la consecuencia por la cual he arribado a este sitio.
Estaba sentado en una confitería tomando café, aguardando a Paula. Mientras esperaba su llegada leía el diario y entre ese mar de noticias que contenían sus páginas, mi atención se centró sobre una fotografía que mostraba el rostro de una mujer muy bella, se diría casi adolescente, a pesar de la mala impresión gráfica que presentaba el periódico.
Al pie de la fotografía, la noticia narraba que la joven requería con urgencia de un transplante hepático y que era escaso el tiempo para realizarlo. Se necesitaba con suma urgencia un donante para salvar su vida.
Interrumpí mi relato para aclararle a Dalia, que al verla, enseguida supe que ella era la chica del diario y que su bello rostro no podía olvidarse, aunque la hubiese visto tan solo un segundo.
Ella se sonrió, en otras circunstancias creo que su rostro se hubiese sonrojado, pero en el lugar que estábamos, la piel de nuestros cuerpos o de la imagen volátil de ellos no cambiaba, siempre era de un tono pálido.
Le rogué que me perdonase, porque la noticia no me había conmovido en absoluto y además porque mientras leía el artículo, decidí que jamás iba a donar parte de mi cuerpo, sentenciando que el día que me tocase morir, éste debería pudrirse tal cual se encontrase en ese instante.
Luego de esa aclaración, continué con mi relato.
Olvidé todo en el instante que llegó Paula, su cautivante mirada producía en mí sensaciones de éxtasis, dejé el diario sobre la mesa, la tomé de la mano y saliendo de la confitería, trepamos a mi poderosa moto importada y partimos como una exhalación en busca de un agujero para nuestro desenfreno sexual.
Estábamos acostados, besando yo sus hermosos y voluminosos senos ardientes de placer.
(Ella hace muy bien su trabajo de ramera, hermosa pelirroja que ha vendido su alma al vicio y a la degradación, ejerciendo la actividad más antigua de la humanidad)
Yo la busco siempre que estoy vacío, en los momentos que me encuentro deprimido, cuando siento que la vida no tiene razón de ser.
Juntos inhalábamos ese maldito polvo blanco que nos transporta a un mundo de sombras irreales y así poder unirnos en un abismo carnal, una orgía lasciva y sin final.
Paula jamás lo ha hecho por dinero conmigo, dice que me ama (loca idea producida por la miserable combinación de drogas y alcohol)
Como les contaba, estábamos en uno de nuestros asiduos encuentros amorosos, cuando recordé que había concertado una cita con amigos.
Infaltable juego de barajas donde debíamos esquilmar a un pobre infeliz.
Con un grosero ademán, aparté la sudorosa humanidad de Paula, ella sorprendida por la forma de proceder, no cesaba de insultarme.
De un ágil salto, estaba de pie y en menos de un minuto logré vestirme mientras, mis oídos continuaban escuchando una catarata de insultos de mi compañera, que se debilitan a medida que me alejaba de esa guarida lasciva.
Una vez en la calle, trepé a la motocicleta y partí de pisa.
Tomé la avenida principal, la arteria se hallaba bien iluminada, imprimí a la moto mayor velocidad para llegar.
Las ruedas casi no tocaban el pavimento, el semáforo no me habilitaba, sin embargo intenté atravesar la bocacalle, jamás pude ver aquel vehículo, el estruendo fue espantoso.
Fui amo del espacio y mientras mi cuerpo volaba por el aire, por mi mente comenzaron a sucederse ininterrumpidamente imágenes del pasado, definiéndose como las más patéticas, todas aquellas donde predominaban las malas acciones y cada una de ellas con su arrepentimiento.
El golpe contra el pavimento fue horrendo, desgarrador, mi cuerpo rebotó una y otra vez contra el suelo, convirtiéndose en una marioneta inanimada, mientras la motocicleta se incendiaba y estallaba, iluminando los rostros sorprendidos y angustiados de los ocasionales espectadores.
Lo que les estoy describiendo, comencé a verlo como si estuviera suspendido en el espacio, para luego, casi al instante, sentir como una extraña fuerza sobrenatural atraía mi ser.
Lo más notorio era que nada hacía por tratar de zafar de esa rara situación, por lo contrario, me dejaba llevar, absorber por esa energía, hasta penetrar en un largo y refulgente túnel.
Ustedes conocen el resto de esta historia, pues les ha tocado transitar la misma senda.
IV
Ensimismado en mi relato no lo había visto llegar, pero allí estaba, a mi espalda, su centelleante imagen, su rostro de niño, sus plumosas alas, que parecían aterciopeladas y sus ojos, de un azul intenso que hacían de su profunda mirada un llamado celestial.
- Dios está entre nosotros. Fueron sus palabras a modo de presentación, para agregar.
- Él, me ha ubicado en este sitio, al cual dio vida cuando creó al hombre y al que denominó limbo, estoy aquí para servirle.
-Al hombre, su hijo prodigo, brindó parte de su espíritu infinito y lo dotó de inteligencia para poder vivir y desarrollarse en el universo que previamente creó.
El ser humano está adaptado para vivir sobre la tierra, primer hogar que el Señor le ha concedido.
-Con el devenir de los siglos y a pesar de la agresividad que el hombre a generado en sí, por medio de la codicia y el poder material, exterminando a otros seres creados por nuestro Hacedor para que lo acompañen y le sirvan. Como también aniquilándose entre su misma especie, a pesar de todo esto, como les relaté anteriormente, la criatura humana está llamada a habitar hasta en el más ignoto planeta del sistema más lejano de la tierra.
Luego de esta revelación hecha por el arcángel, éste prosiguió.
He narrado en forma sintética como Dios creo al hombre. Cuando vio que el alma humana, esa energía etérea que Él le había brindado, se degeneraba dando paso a los pecados más horrendos; envió a su hijo encarnando su Espíritu en un ser maravilloso, Jesús al cual llamaron Cristo, ungido en óleo sagrado, quién fue anunciado por ángeles y profetas muchos siglos antes de nacer.
En tiempos anteriores al nacimiento de Cristo, su hijo, hecho hombre para salvar a la humanidad, de su autodestrucción, Dios fue sembrando su llegada.
El Señor se comunicó con otros humanos, en ocasiones, por medio de ángeles, otras por visiones o sueños y algunas veces por voces surgidas de la nada.
Nunca nadie encarnado ha visto al creador, ese solo es privilegio de las almas limpias. Éstas no solo lo verán, sino que vivirán eternamente en Él.
A través de estos mensajes, recibidos por seres dotados de una sensibilidad espiritual extrema, se fueron formando distintas corrientes religiosas.
Los mensajes divinos, no fueron interpretados de la misma forma por las diferentes razas humanas.
Esto se debió a las diferentes costumbres y tradiciones que cada comunidad había adquirido en el transcurso de su existencia.
Desde el confucionismo, redactado por Confucio, filósofo y moralista chino del siglo VI a. de J.C. que vivió entre los años (551-479) y del cual lleva su nombre o sino desde el taoísmo, doctrina algo más antigua que la anterior, fundada por otro filósofo chino Laos – TSE, que sostiene en su fundamento la existencia de una esencia universal llamada Tao (principio indefinido de todo lo que existe, lo absoluto) Como también, de todas las almas que profesan el hinduismo, conocida con el nombre de brahmanismo, doctrina que promueve las desigualdades sociales o la del islamismo o musulmana, predicada por Mahoma y cuyos preceptos figuran en el Corán, religión ésta, surgida después de Cristo entre los años (571-632)
Otra religión que no escapa a la determinación de Dios, es el budismo, fundada por Sida harta Gautama, príncipe indio que vivió entre los años (560-480)
Hay otras creencias religiosas como el gnosticismo o las existentes en la organización tribal, hasta los ateos seres espirituales que niegan la existencia de Dios, las politeístas, creencias milenarias…
Todos los seres humanos que habitan sobre la corteza terrestre, llevan parte del espíritu de nuestro Redentor. Pues el Padre a todos nos ha creado y a cada uno, no importando el credo, la raza, el sexo o el color de la piel, amarilla, negra, blanca, o mestizo, nos ha provisto de su espíritu, que al perecer el cuerpo en que habita, toma de éste su contorno, formando un aura en función de la energía que genera.
Jesucristo es el hijo de Dios y aquel que practique sus enseñanzas con fe, alcanzará la vida eterna sin sufrimientos, salvo las angustias que padezca durante su vida material.
La raza hebrea, fue escogida por Dios o Jehová o Adonay o Adoní o Yahvé (no importa el nombre con que lo identifiquen, siempre será el creador) fue la elegida para acunar al Salvador, su hijo, por ser sus integrantes los de espíritu más anhelante.
Moisés, legislador del pueblo hebreo en el siglo XIV a. de J.C. fue informado por Jehová de la venida de su hijo, sin especificarle en que momento y lugar, cuando se encontraba en retiro espiritual en el monte Sinaí y mientras le dictaba el Decálogo, código religioso y moral.
Moisés, los profetas y los patriarcas, han tenido ese privilegio, el de saber por intermedio de Dios, del futuro nacimiento del Mesías, hecho que jamás se repetirá.
Todas las religiones cristianas, teniendo por madre la Católica Apostólica Romana, son la división de la doctrina enseñada por Jesús de Nazaret y divulgada por sus discípulos, que al igual que todas las anteriormente nombradas, son valederas para nuestro creador, pues lo único que salva y da paz a nuestra alma, es la fe y el amor solidario a nuestros semejantes, por sobre todas las cosas, que es sinónimo de amor a Dios.-
Luego de la prédica, que escuchamos con atención, el Arcángel blanco pronunció el nombre de cada una de las almas que allí se encontraban, callando el mío y con un ademán realizado con una de sus manos, les mostró el camino rumbo a la dicha celestial.
Mientras observaba con resignación como penetraban por un amplio sendero, bordeado en sus extremos por una bruma profundamente blanca que se confundía con sus túnicas también blancas, una melodía tenue y angelical surgía de la nada colmando todo el entorno. Traté de imaginar, pero es imposible suponer lo glorioso e infinito que es el reino de Dios.
El ángel niño observándome detenidamente con su cristalina mirada y con amargo tono de voz, dijo susurrante.
- Este no es el sino de tu alma Marco, lamentablemente no tendrás aún el privilegio de estar junto al Señor.
Luego, girando su figura, levantó la mano y con el dedo índice, indicó mi rumbo.
Nada dije, solo contemplé por última vez ese hermoso lugar, primera morada donde llegan los espíritus terrenales con sus miserias y sufrimientos a cuestas y comencé a recorrer el rumbo señalado.
Seguí un camino cuyos márgenes estaban poblados por una vegetación cálida, mientras iba internándome por esa senda, pensé que todo lo que me rodeaba luego del accidente y desde que había aparecido en ese sitio, el suelo, el agua, las flores… estaba constituido por algo abstracto, algo así como un ente espiritual, una esencia intangible que todo lo formaba.
Estaba seguro que nada de lo que allí se veía, aunque era semejante a lo existente en la vida terrenal, podía estar constituido por materia y aunque logré palparlas ninguna de esas cosas parecían ocupar un lugar físico.
También me entristeció saber, que lentamente iba alejándome del camino que me guiaba al paraíso y cargaba con la pena de saber que jamás podría alcanzar la dicha y el placer de ser parte de Dios.
No era el único que transitaba por ese camino, también circulaban otras almas, no-solo estábamos los que íbamos en la misma dirección, otros seres marchaban en sentido contrario, parecían retornar, quien sabe de donde, todos andábamos por el mismo sendero.
Delante de mí avanzaban dos espíritus conversando nerviosamente, los podía oír por mi aproximación y por el enérgico tono de sus voces.
El alto, de cabello corto y canoso, de aproximadamente unos sesenta años, a pesar de la túnica, se notaba que durante su existencia material, había sido de gran contextura física. El otro, bastante más bajo, seguramente de muy buen apetito, pues era algo regordete.
El diálogo era fluido y por lo que alcanzaba a escuchar a través de sus palabras, el alto debió haber sido militar y el otro un político, los dos con bastante poder en la nación a la cual habían pertenecido.
La zona de donde provenían, era la de una región cuyo idioma era diferente al del lugar que yo pertenecía, sin embargo entendía perfectamente lo que conversaban.
El hombre espigado, llamado Wash, había sido militar, su compañero un ministro y su nombre era Harvey.
- ¿Se da cuenta usted, general Wash? Interrogó en aquel instante el ministro, mientras realizaba deprisa dos pasos para igualar uno del general, agregando.
- Ese niño disfrazado de ángel, verdaderamente está demente o pertenece a los guerrilleros que tomaron por asalto el congreso.
- Tiene usted razón ministro Harvey, dijo que somos espíritus impuros y nos indicó seguir este camino. Contestó Wash, para continuar diciendo:
-
Si fuéramos espíritus estaríamos muertos y sin embargo, aunque nos vemos un poco pálidos y con estas largas batas que seguramente deben habernos colocado para secuestrarnos al desmayamos, estamos físicamente bien.
- Mi general, usted tiene razón, eso es lo que ha sucedido, nos han secuestrado
- aseveró el ministro - seguramente fue cuando arrojaron esa bomba con gas, en la conferencia, pues alcancé a oír que era venenoso, aunque debió ser adormecedor, teorizó Harvey.
- Perdí el conocimiento y luego desperté en este sitio, donde me reencontré con usted
puntualizó el general -.
Ambos, mientras continuaban su caminata se preguntaron dónde los conduciría esa senda.
Era innegable, no aceptaban la realidad. Ya no formaban parte del universo material y sus pecadoras almas marchaban hacia un lugar donde seguramente pagarían sus culpas.
Abstraído en la conversación, no había notado que el panorama era distinto, a medida que atravesaba el sendero, la vegetación y el clima que en un principio había sido el de un cálido verano, se tornó otoñal.
Continué andando, no sé por cuanto tiempo, hasta el instante que el camino se bifurcó.
Dos senderos exactamente iguales se presentaron, sin meditarlo tomé el de la izquierda, mientras las otras dos almas que caminaban delante, la del general y la del ministro optaron por el otro.
A medida que me internaba por el camino, noté que también era intenso el ir y venir de seres espirituales por esa senda.
Cruzarme con almas de todas las edades y diferentes épocas fue una constante.
Digo de diferentes épocas no por las vestimentas, pues todos lucían túnicas blancas, sino por las conversaciones que al pasar alcanzaba a oír.
Intuía que todos, aunque ignorándolo andábamos por el rumbo exacto, cada uno cargaba con su destino en dirección al sitio indicado.
Pero retornando al lugar donde transitaba, solamente el escenario parecía mutarse, como relaté anteriormente, el clima cálido del principio, había cambiado por uno templado como el que acontece al verano, la vegetación era similar a la de mediados de otoño; árboles de hojas cobrizas, y cientos de éstas desparramadas por el suelo, formaban un manto amarillento que al andar, producían un compás de chasquidos melódicos.
El instante siempre semejaba la hora de la aurora.
Desde el comienzo de la travesía llevaba mi espíritu la imagen de Dalia, de su bello rostro, de su fulgurante esencia.
No tenía en mí espacio para la envidia, desde que había arribado a los dominios del Redentor pero, no podía negar que me entristecía el no poder estar junto a ella, gozando el privilegio de esa vida celestial junto al creador mientras, maldecía la vida tan absurda y miserable que había llevado sobre la tierra.
¿Cuál será la suerte al final del camino? Una pregunta que me hacía a cada instante.
Luego de tanto andar, arribé a un sitio donde la escenografía era de tono grisáceo, los árboles desnudos de hojas y arbustos amarillentos, daban un aspecto de congoja y melancolía, además se unía a la escena una sinfonía de sollozos perennes que erizaban la piel.
Mi imagen volvía a tener sensaciones y algunos dolores físicos retornaban a mi pero, continuaba siendo una energía espiritual.
Escuché una áspera voz a mi espalda preguntándome.
- ¿Qué deseas? Al darme vuelta lo vi, era un anciano de abundante y canosos cabellos que ostentaba larga barba del mismo tono, la que descendiendo por el torso concluía en punta sobre la cintura.
Su aspecto era de un ser muy longevo, miles de pliegues delineados sobre su rostro, cual cicatrices del tiempo, lo delataban.
Al igual que el ángel blanco un fulgor energético, lumínico, bordeaba todo su contorno, el tono de sus ojos era de color calcáreo y las alas de un tinte plateado, se elevaban sobre los hombros.
Podía calcularse su estatura alrededor de los dos metros cincuenta.
Su presencia imponía un acentuado respeto, no solo por su imponente figura, sino también, por su benemérita ancianidad.
- Eres extranjero en estos dominios, fue la frase que pronunció de bienvenida.
No puedes ni debes permanecer en este sitio, lugar que el Redentor ha creado para redimir las almas indecisas.
Respondí, el arcángel blanco me ha indicado seguir ese sendero y mirándolo a los ojos, esperé su respuesta.
- Marco, tú has andado por un camino que luego se dividió, el que has elegido no es el correcto.
Me animé a preguntarle cómo sabía mi nombre, porque debía retornar y tomar la otra senda.
- Ven, siéntate Marco, fue su invitación y con un movimiento de la mano señaló el suelo donde yacía una parva de hojas secas.
Cumplí con su deseo, también él se sentó. El suelo estaba mullido y sinceramente me sentí cómodo a su lado, algo estaba por revelarme y no iba a dejar de escucharlo.
- En principio te diré que conozco tu nombre porque, este lugar al que has llegado luego del accidente, donde tu espíritu abandonó el cuerpo del cual era cautivo, este sitio ilimitado en tiempo y espacio es el reino del Señor. En los dominios del Salvador nada está oculto, todo se muestra como es.
Aquí cada espíritu tiene una condición, es un alma justa, indecisa o impura.
No como en la tierra, donde reina la falsedad, donde a muchos se los suele tildar de héroes y realmente son cobardes, a otros se los sirve como reyes y deberían ser tratados como lacayos, también están aquellos a los que se acusa de criminales siendo quizá inocentes. El hombre no puede impartir justicia, un pecador no puede condenar a otro.
Con respecto a que tú no perteneces a este lugar imperecedero, es sencillamente porqué a este paraje arriban únicamente las almas indecisas, espíritus que sobre la tierra han cometido, según la determinación de Dios nuestro creador, pecados menores.
Y permanecerán en este espacio, hasta que se rediman completamente.
¿No oyes un lamento continuo, un gemido lastimoso? Esas son las almas de tus semejantes, algunas permanecen aquí desde que Dios creó al hombre y seguirán en este sitio hasta purificarse por las faltas cometidas.
Luego de la plática concluyó diciendo.
- Marco, es el instante en que debes marcharte e irguiéndose me invitó a seguirlo. Caminamos juntos algunos metros, luego se detuvo y mirando al horizonte levantó uno de sus brazos para indicarme el rumbo.
- Desanda el camino, vuelve al lugar donde éste se separa y toma la otra senda.
¡Tal vez te conduzca a destino! Dios se apiade de ti.
Esas fueron las últimas palabras que escuché del ángel gris, recuerdo que antes de marcharme miré sus ojos y en las pupilas vi el universo de almas que habitaban el lugar, nada le contesté, partiendo en silencio.
Caminé deprisa hasta alcanzar el sendero que antes había desechado y mientras andaba, iba meditando la última frase que escuché del arcángel, cuando dijo, “Dios se apiade de ti”.
¿Qué ocurriría al final del camino? ¿Cuál sería mi sino?
En esa instancia únicamente había preguntas, todo era una incógnita y no existían respuestas, me fui alejando del sitio de las almas indecisas.
Volví a percibir que mi imagen espiritual se comportaba como un ser encarnado, como sí la materia volviera a brotar, retornaba la misma sensación que había experimentado antes de encontrarme con el ángel y que fue disipándose cuando me hallé a su lado.
Cuando estuve cerca del arcángel, su aura, esa atmósfera inmaterial, purificaba mi espíritu, comprobé que su halo protector era como un sedante en ese angustiante lugar.
Al tiempo de andar, si es que existía el tiempo allí, alcancé el nuevo camino, el que comencé recorriendo mansamente.
V
Nuevas sensaciones, como la ansiedad de apetito y otras angustias como, el resurgir de las heridas producidas en el instante del accidente, la sangre manando por éstas.
Todo ese proceso se acentuaba a medida que avanzaba por ese lúgubre laberinto.
Los dolores se tornaban insoportables. El panorama se había descompuesto en un oscuro y tormentoso suceso iluminado interrumpidamente por latigazos energéticos.
A cada instante todo se volvía tétrico e insoportable. Marchaba cegado por la oscuridad y solo alcanzaba a guiarme por los haces lumínicos. Mi olfato detectaba un olor putrefacto, nauseabundo que hacía inaguantable la respiración.
Seres gimiendo, sangrando, mutilados, espíritus impuros, desahuciados se dirigían a un lugar semejante a lo que en la tierra denominaríamos infierno; negros, blancos, mestizos, amarillos… hombres y mujeres de diferentes razas y edades caminaban rumbo a lo que parecía ser un núcleo satánico.
Las heridas de mi cuerpo no dejaban de oprimirme y por sangrantes tajos pululaban repugnantes gusanos.
De mi sien no cesaba de manar sangre, la imagen abstracta se había materializado convirtiéndose en un guiñapo, mientras un reguero de sangre dejaba las huellas de mi lastimoso paso por ese camino.
Mi pierna derecha se hallaba quebrada, mientras los huesos sobresalían desgarrando la carne, pero nada impedía que continuara avanzando, nada ni nadie podía interrumpir mi arribo al lugar más horrendo que jamás hubiese imaginado.
Relámpagos y truenos se hicieron persistentes, mi súplica para que cesara toda esa pesadilla fue desesperante.
Entonces sucedió, me hallé inmerso en un halo similar al de los arcángeles, mi imagen incorpórea resplandecía dentro de ese capullo santo y dejaron de existir heridas, llagas y dolores, se cauterizó la sangre, todo lo que había padecido para arribar a ese tétrico lugar, solo se convirtió en un mal sueño.
Mis sufrimientos se desvanecieron, retornó la paz, la maravillosa calma del comienzo y aunque alrededor nada había cambiado, mi espíritu estaba ajeno a ello.
Él me miraba fijamente y moviendo los labios imperceptiblemente, pronunció:
-Bienvenido Marco, has alcanzado el lugar de las tinieblas, espacio infectado de espíritus malignos, escucha, oye como las almas perversas intentan huir de éste tormento.
El brillo que rodeaba mi espíritu pertenecía a ese ser, el aura angelical mostraba en su núcleo una figura humana de raza negra y provista de alas como los demás ángeles.
La edad que representaba era la de un ente de cuarenta años aproximadamente.
- Has llegado a este lugar, no para permanecer a purgar tus pecados, dijo el moreno ángel con voz pausada.
Al oír estas palabras y aunque en ese instante no sufría ninguna sensación, resultó un alivio.
- Dios ha querido que conozcas la vida en forma espiritual - continuó el arcángel -
Había recorrido tantos lugares y experimentado tan dispares situaciones, que no tenía capacidad de respuesta.
Sin reflexionar o analizar las palabras del ángel, lo único que atiné a preguntar fue.
-¿Porqué un ángel de color negro? y con su respuesta volvió a sorprenderme.
- En este espacio, como en todo el reino espiritual, las almas celestiales, aquellas que cumplen con el designio de Dios, no poseen color, éste no existe, como así tampoco existe el tiempo, por lo tanto no hay ni juventud ni vejez.
Eso sucede en la tierra, en todo el universo y en todo sitio donde impere la materia, donde cada cosa va envejeciendo inexorablemente hasta morir y el culpable de esa causa es el hombre que al desobedecer al Creador se ha transformado en un organismo pecador y con su proceder lo único que ha logrado, es que su cuerpo y todo lo que lo rodea perezca, menos su alma.
Por lo contrario, aquí en este lugar divino el alma se valúa por su bondad o maldad. Un alma no contaminada de pecado podrá verme joven, una indecisa la manchada con pecados banales, anciano y aquella, la corrupta y que no halla habitado en un cuerpo de color negro me verá de ese color, e inversamente la que halla residido en uno de tal color, me verá blanco.
Este cambio de imágenes delata, el racismo que existe entre los diferentes linajes de la casta humana, el racista es un espíritu pecador y permanecerá en las tinieblas hasta que como alma que es se libere de todas sus faltas.
Debes saber que en los dominios del Señor no habita el tormento. Dios jamás castigaría a la esencia por Él creada pues, es parte de su misma sustancia, son las propias almas, las que al corromperse no logran superar la santidad del paraíso y sufren, se retuercen en una feroz agonía generando su propio infierno.
Tienen etéreas visiones de terribles tormentos, creen que continúan siendo partes de la vida material, es decir que están encarnadas y en esa creencia permanecerán hasta que logren depurarse.
Mis conocimientos sobre la vida, después de la muerte corpórea aumentaron y comprendí más cuando dijo:
- ¡Mírame con detenimiento y escucha con atención! espíritu al cual en la tierra le llamaban Marco, pues te asombrarás en tal forma que perderás todo sentido de comprensión.
Así lo hice y pude observar como sus contornos iban generando un intenso y espeso brillo, mientras su figura comenzó a mutarse.
El ángel negro dio paso al gris y luego se desvaneció, para presentarse ante mi estupor, la santa imagen de Jesús, luego le sucedió la del Espíritu Santo y al atenuarse el brillo reapareció la del arcángel blanco.
Todo momento de tinieblas, de oscuridad absoluta, desapareció y volví a hallarme frente a ese niño ángel, en el mismo lugar donde arribé en un comienzo.
Mirándome fijamente dijo.
- Nunca te has apartado de este lugar, aunque hallas transitado por otros senderos, debes aprender que todo es infinito y a la vez relativo en este firmamento celestial.
Nuestro Padre ha resuelto acercarte a su casa, para que seas partícipe de la vida espiritual y comprendas que la tierra en principio y luego todo el universo, son lugares donde de acuerdo a las actitudes de cada ser inteligente, va midiéndose la pureza del alma.
El Señor te ha elegido, debes sentirte gozoso de este voto ya que te ha encomendado la misión de ser en la tierra quien se dedique con vocación y mayor humildad a realizar en una nueva vida de sacrificio y honestidad, un culto donde los humanos posean la virtud de donar sus órganos a cualquier semejante que lo necesite. Dios ha otorgado un destino a cada espíritu y éste es el único responsable de aquél.
En algún instante de la vida física, por distintos motivos, vejez, accidentes, enfermedades, el cuerpo ya no logra retener al espíritu y el destino del hombre sobre la tierra finaliza.
Los órganos de este cuerpo inerte ya vacío de espíritu, sirven y deben donarse.
Hay seres que merecen una nueva oportunidad de vida sobre la tierra y tal vez por la deficiencia de uno de sus órganos no logren cumplir su cometido.
Los órganos de cuerpos inertes y vacíos de alma no deben pudrirse en un frío cajón bajo la tierra, tienen que ser donados a esos semejantes que aguardan ansiosos.
Esa es la razón Marco por la cual retornarás prepárate, tu cuerpo está aguardando para que le restituyas la vida.
Luego de estas revelaciones, sabiendo que debía marcharme y estando orgulloso por el cometido que Dios me había encomendado, supliqué para que se me concediera un solo deseo, pidiendo perdón por tamaña insolencia.
El ángel apiadándose accedió.
Elevando una de sus manos a la altura de los hombros, donde nada existía creó ante mí una espesa y blanca nube , luego dijo:
- Penetra en esta nube, apenas te internes encontrarás la respuesta.
Casi sin notarlo atravesé esa blanquecina cortina de vapor, su interior me reveló un espectáculo deslumbrante algo bellísimo, maravillo, indescriptible, algo que solo alcanza a sentirse estando allí.
Imagino ese instante como espíritu, el más cercano al Creador.
Alcancé a divisar un núcleo que fluía de la profundidad del lugar, una señal sensitiva que se aproximaba lentamente e iba tomando contornos humanos.
A medida que se acercaba, la silueta se tornaba inconfundible, cuando logré divisar su rostro con nitidez, comencé a sentir esa fragancia maternal que irradiaba su espíritu, ese halo cariñoso que extrañaba en la tierra, me sentí feliz.
Su rostro denotaba una leve sonrisa y su ser resplandecía como el día que partió de viaje junto a mi padre.
Mi alma quedó tiesa, no alcanzaba a asimilar tanta dicha, lo grandioso de ese lugar y del instante. Ella me miró, en sus ojos se alojaba un resplandor inmaculado, extendió sus brazos y ciñéndome en ellos percibí, como sí realmente ella, mi madre, fuese Dios.
La conjunción de nuestras almas fue un instante sublime.
No deseaba abandonar nunca esa eternidad y temí que todo resultase un sueño, en otras ocasiones, mientras deambulaba por esos eternos parajes había meditado sobre tal presunción pero cada circunstancia era tan real, que de necio pecaría al no creerlo.
Mi anhelo se cumplió solo en parte, no logre reencontrarme con el alma de mi padre, en algunas ocasiones la dicha no logra ser completa, lamentablemente su espíritu se hallaba en el purgatorio.
Me despedí de mi madre con la ilusión de reunirnos para siempre pero, juntos a papá.
Todo se desvaneció y volví a encontrarme frente al niño ángel.
- Este es el instante en que debes marcharte.
Dijo, mientras con su mano señalaba un punto fulgurante.
- Observas aquel resplandor con forma de anillo, dirígete a él, atraviésalo y penetrarás en un túnel similar al que te condujo a estos aposentos- Escuchaba atentamente, mientras él proseguía con los detalles de su explicación.
- Por él transitan los espíritus infantes, nuevas almas, pequeñas fuentes energéticas que se desprenden de ese ser omnipotente y justo que es nuestro Creador, cada uno de ellos reanimará un cuerpo inédito, originando así otro nuevo ser material.
Se alojará en el vientre de la madre al llamado de la creación de una nueva célula, para situarse en el cerebro de la futura criatura y desde esa zona y en ese instante, se convertirá en la mente que conduzca al individuo.
A medida que el organismo material crezca y se desarrolle, el alma lo acompañará en el transcurso de la vida, siendo ésta, única responsable del proceder humano, hasta el instante que al cuerpo le corresponda fallecer.
Entonces en ese momento, mediante un proceso divino que el hombre jamás alcanzará a comprender, la energía espiritual se apartara de él y regresará al reino de Dios del que siempre fue parte, para recibir la vida eterna de acuerdo a su pureza, sí es santa se unirá directamente al Creador y sí está plena de pecado, sufrirá hasta redimir sus culpas.
- Luego de estas palabras, el ángel bendijo mi espíritu agregando.
- Ahora debes marcharte y recuerda siempre la misión que se te ha encomendado.
Fui alejándome lentamente observado por la sana mirada del arcángel, llegué a la entrada del túnel, ésta tenía la espiral forma de una galaxia, luego me introduje en esa galería, un pasadizo idéntico al que me transportó hasta los anhelos de Dios.
Peregriné por él, como lo había hecho anteriormente por el otro, convertido en forma energética.
Una energía insoluble y abstracta que no alcanza a ser medida ni detectada por ningún sistema o aparato creado por humano alguno.
En este viaje de regreso, nada de lo que se originaba al rededor me perturbó, sabía cual era la fortuna de mi alma.
Alrededor se desplazaban otras esencias, eran los espíritus infantes, novatas y puras cargas energéticas rumbo a su sino, como me había descrito el ángel.
A escasos instantes de finalizar el viaje a la vida material, comencé a distinguir infinidad de celdillas semejantes a las que forman parte de un panal de abejas, éstas parecían cumplir funciones sensoriales, a ese sitio concurrían los espíritus ávidos por su futura morada.
Yo, esencia espiritual, fui imantado por la energía absorbente que pululaba de esas celdillas y al atravesarlas, aprecié que estaba solo, que no tenía compañía. Pronto percibí una señal refulgente que iba creciendo y cambiando de forma a medida que me aproximaba. Logré distinguir la situación, me hallaba dentro de un quirófano, donde un grupo de personas ataviadas de blancos guardapolvos, luego pude enterarme que eran médicos, agitaban nerviosamente sus manos sobre un cuerpo que parecía inerte.
Encontré mi cuerpo sobre la camilla a pesar de los golpes y moretones que lo invadían, sin notarlo fui absorbido por ese organismo.
Volví a sentirme parte de esa materia mientras escuchaba ecos de voces lejanas desde mi confuso sentir.
¡Regresa! Oí claramente decir a una voz entrecortada por el nerviosismo y la emoción.
Mi espíritu se había desacostumbrado a ese cuerpo, mientras del interior del pecho, comenzaron a parir débiles latidos, el corazón iniciaba su resucitación.
“El milagro de la vida física había retornado una vez más”
Aunque no lograba ver a pesar de tener los párpados entreabiertos pues, me hallaba inmerso en una intensa nebulosa, escuchaba difusamente las opiniones de los doctores.
Ellos estaban asombrados e intercambiaban conceptos, hablaban de algo milagroso de un suceso extraordinario, de una situación que nunca habían vivido.
- Parece volver en sí. - observó uno de los médicos
- No conviene que reaccione. - sostuvo otro -
- Apliquémosle un somnífero. - agrego un tercero -
Todo comenzó a girar al alrededor, luego debo haberme dormido.
El cuarto estaba a media luz cuando desperté, apenas sí movía los dedos de una mano y no todos, de uno de mis brazos brotaban un par de sondas provenientes de respectivos frascos de plasma y suero, que pendían de un trípode.
Todo mi cuerpo se encontraba vendado, ciertamente no había parte de éste que no tuviese huellas del terrible accidente, pero ninguna herida por más grave que ésta fuera, daba motivo para preocuparme, pues había alcanzado la gloria de haber sido elegido por el Señor para una misión y no podía fracasar.
La enfermera entró al cuarto silenciosamente, caminó hacía la ventana y corrió la cortina, entonces comenzaron a invadir la habitación, tenues y delgados rayos de luz que aclararon el ambiente, luego se aproximó lentamente donde se hallaba la cama, yo permanecía inmóvil, con los ojos entreabiertos observando cada uno de sus movimientos. Ella comenzó a ordenar las cobijas que me cubrían, en un momento se sobresaltó, fue cuando coloqué mi mano sobre la suya, no había notado que estaba conciente.
Sus ojos eran de color negro intenso y sus carnosos labios esbozando una leve sonrisa pronunciaron.
- Parece que el joven dormilón ha despertado.
Luego de acomodar las sábanas se retiró, quedé nuevamente solo y en silencio.
Este fue el primer contacto con un espíritu encarnado, después de haber regresado del universo espiritual.
Mi alma se sentía inquieta encerrada en aquella habitación, el cuerpo no la acompañaba, no había otra alternativa debía aguardar a que el organismo se restableciera.
Recordé como me había mirado la enfermera, como a un ser diferente, extraño, como si estuviera cuidando a un habitante de otra dimensión.
A los quince días de convalecencia, la recuperación era asombrosa, podía mover manos y brazos sin dificultad.
Ya no pendían de éstos, las molestas y odiosas sondas por las que transitaba el suero, no necesitaba de él para nutrirme, me alimentaba por mis propios medios.
Recuerdo que el tío Aldo fue la única visita y a pesar de verme en estado delicado no cesó de reprenderme ni un instante mientras conversábamos.
-¡Muchacho, Muchacho…! Siempre dando disgustos, gesticulaba tomándose la cabeza con las manos.
¡Claro…! Lo había sacado del tesoro más preciado, su trabajo.
Antes de marcharse y luego de contarle detalles del accidente, dijo.
- Toma, quédate con el diario y entérate de las noticias, así no te aburrirás tanto.
- Gracias tío por su generosidad. Respondí en forma irónica, mientras sentía como cerraba la puerta de la habitación.
Tomé el periódico que estaba sobre la mesa de luz, era mi primer contacto con la vida fuera del hospital luego del accidente y grande fue mi sorpresa al ver la foto de Dalia debajo de un titular que informaba sobre un transplante de órganos.
Excitado y emocionado, comencé a leer la nota que decía:
“La joven Dalia Méndez de veinte años de edad ha sido intervenida quirúrgicamente en forma exitosa.
Se le ha realizado un transplante de hígado. La paciente, era la primera de una larga lista de personas que esperan ansiosas y con incertidumbre, la donación de un órgano para poder conservar la vida.
La donación llegó, cuando su estado de salud era sumamente crítico.
La donante que posibilitó este verdadero” milagro ” resultó ser una mujer que horas antes de tomar la drástica decisión de acabar con su vida según versiones, posiblemente por hallarse en estado depresivo, se había acercado al centro de donantes para dar su consentimiento.
Otros órganos de esta solidaria mujer, llamada Raquel Saieg, que decidió poner fin a su vida, pero que no dudó ante tan trágica determinación, prolongar la de otros, tuvieron distintos receptores.
El párrafo final de la noticia, se tornó borroso, mis ojos humedecidos dificultaban la visión, mientras algunas lágrimas transitaban mis mejillas dejando un imaginario surco emotivo.
Recordé aquel momento supremo, cuando la vi por primera vez, cuando solo éramos imágenes espirituales, sus grandes ojos verdes, sus cabellos color oro, su pálido y bello rostro, el suave y dulce timbre de voz y la última vez, cuando se confundía con la blanca pureza del camino que la llevaba al reino de Dios.
Mi corazón se impregnó de alegría al saber que estaba físicamente viva, sentí que el ángel del Señor tenía bastante que ver con ese milagro.
VI
Había sido un mes de sufrimiento, pero gracias a los médicos y enfermeras, quienes me atendían solícitamente pude ir paulatinamente recuperando la salud.
Todos de una u otra forma ocupaban su tiempo en mí, estaban los que debían atenderme por estar a su cargo y los otros, los que me visitaban por curiosidad.
Me había convertido en un personaje celebre dentro del hospital, todos estaban al tanto que había ingresado al sanatorio clínicamente sin vida y ahora, al verme recorriendo los pasillos del hospital sin ninguna secuela del accidente, les resultaba un verdadero fenómeno.
Recuerdo que cuando recuperé la conciencia, mis piernas no existían, era la parte del cuerpo más dañada, pero rápidamente fueron recuperando sensibilidad y a la semana caminaba ayudándome con un bastón, siete días después no lo necesitaba y las heridas que proliferaban por mi humanidad desaparecieron sin dejar cicatrices.
El día que decidieron darme el alta en el sanatorio, me convirtieron en leyenda.
Nunca hice comentarios de lo que había vivido luego del accidente, jamás conté nada, aunque una vez estuve a punto de hablar, fue con el doctor Molina, con quien habíamos fraguado una buena amistad.
Creo que no hubiese comprendido, aunque tal vez sí, pensado que los golpes habían afectado mi cerebro.
Molina, era una persona amable y por sobre todo honesta, un cirujano veterano de mil batallas, su rostro cincuentón y su seguridad en el habla, daban la suficiente confianza para que los pacientes creyeran en él.
Fue él, quien estaba de guardia el día que la ambulancia me trajo al hospital, lo dijo una vez en la cafetería del nosocomio.
Recuerdo que estábamos sentados conversando como lo hacíamos habitualmente y, mientras levantaba un humeante pocillo de café para beber un sorbo, se detuvo y mirándome fijamente dijo.
- A mí me tocó asistirte el día que ingresaste al hospital, tus signos vitales no respondían, juro por Dios, que estabas muerto. Me atrevo a contarte esto, porque aunque resulte asombroso tu vida no corre riesgos, tu salud es perfecta.
Su penetrante mirada no dejaba de observarme, como exigiendo una respuesta algo que le aclarara lo vivido entonces.
Al ver que me mantenía en silencio, agregó.
- Tus piernas estaban desechas, tu cuerpo se encontraba lacerado por doquier, tu cabeza fracturada y abierta, dejaba escurrir restos de maza encefálica, tu corazón no palpitaba. Yo trataba de reanimarte… hacía más de veinte minutos que sometía tu cuerpo a choques eléctricos, en mi desesperación solté los aparatos y comencé a pegar puñetazos sobre tu pecho; eran arrebatos de impotencia.
Los compañeros que me asistían estaban resignados. En ese momento, sentí cómo una ráfaga candente atravesaba mi ser y surcando mis manos como abstracto fluído energético penetró en el tuyo, en ese preciso instante tu corazón comenzó a latir como si nunca se hubiese detenido, mientras tu cuerpo se contorsionaba sobre la camilla.
Luego de su confesión, Molina se llevó el pocillo a la boca, tomó un sorbo de café y dijo como queriendo resistirse a lo vivido.
- Nunca me había sucedido algo así.
Recuerdo que al observar su rostro, me pareció desorientado, entonces le dije.
- Sabe doctor?
- ¿Qué? Interrogó al instante.
- Nada… nada…- respondí conteniendo mis ansias de contar lo vivido. Esa fue una de las veces que intenté confesar todo.
Las charlas con Molina se hicieron frecuentes. En una de esas pláticas, le pregunté sobre el transplante de órganos.
En una oportunidad él me había mencionado de su antigua función en el centro de transplantes.
En esa ocasión me confesó que había atendido a un paciente, un hombre de buena posición económica, al que le habían realizado un transplante. Su estado era de gravedad, ya que el órgano transplantado produjo rechazo y eso le había originado una infección generalizada que no logró ser controlada y el hombre irremediablemente falleció a los pocos días.
Molina continuó.
- Decidí investigar por mis medios, al ver que con el transcurso de los días nadie se ocupaba del caso.
No me costó demasiado enterarme, como presumía, que la intervención quirúrgica se había realizado en un lugar clandestino, visité el domicilio de la víctima, allí fui recibido por la viuda pero ésta no aportó nada nuevo, aunque la noté algo nerviosa.
Horas más tarde, comencé a recibir amenazas telefónicas y escritos anónimos con intimidaciones que ponían en riesgo la vida de mi familia.
Renuncié al centro de transplantes y aunque me dolió dejar el puesto, no tuve otra alternativa.
Con el tiempo conseguí trabajo en este hospital, soy médico, no-policía y además una persona sensible que ama a su familia- concluyó Molina.
Volvimos a conversar sobre el tema dos días antes de concederme el alta, fue durante ese diálogo cuando se sinceró, comentándome su punto de vista.
- Oye Marco.- dijo susurrante - creo que existe un comercio clandestino de órganos, creo que a ciertas personas que fallecen en accidentes, se les sustraen distintos órganos sin pedir autorización a sus deudos, para después venderlos al mejor postor y así realizar operaciones clandestinas, pero dime- dijo intrigado, - ¿Por qué insistes en saber?
Su pregunta no me sorprendió, al contrarío, la esperaba y ya tenía la respuesta preparada.
- Sucede que una íntima amiga, a la que considero como una hermana necesita un transplante y como usted sabe de esto deseaba informarme.
No creo haberlo embaucado con la inocente mentira, pero al menos sirvió para salir del paso.
Fue la última vez que hablé con el doctor Molina, en mi tiempo de convalecencia.
Dos días restaban solamente para abandonar el hospital y aunque todos me trataban en forma excelente, con ansias aguardaba que llegara el instante de abandonar ese sitio.
Las interminables horas finales en ese nosocomio, las utilicé para ordenar mis pensamientos, debía volver a casa y desde allí organizar mi nueva vida.
Aún no imaginaba como dar los próximos pasos, mi obsesión, sin olvidar el principal motivo de mi existencia era de hallar a Dalia mientras, me preguntaba:¿Me reconocerá?
Evocando el relato del doctor Molina, sobre esa mafia detestable que, según su apreciación, comercializaba operaciones ilegales, previa sustracción de órganos a cuerpos cadavéricos o no, pensé que debía originarse, a mi entender, por la falta de donantes.
¡Claro! Era muy difícil convencer a la gente para que done sus órganos, principalmente porque, para que esto sea viable, la propia muerte está de por medio y solamente pensar en ello, amedrenta a quien desee ser un futuro donante.
Un válido motivo que ayudaría a que la gente se decidiera a donar en forma masiva sus órganos, quizá fuera la privacidad del donante, tal vez por medio de un proceso que reconociera a éste, únicamente luego de su fallecimiento físico.
Seguramente descubriendo tal dispositivo se solucionaría en gran parte la falta de dadores.
Cuarenta días transcurrieron desde el accidente cuando retorné a mi hogar. Todo se veía distinto. Mi espíritu se negaba a reconocer ese lugar, pero mi cuerpo estaba acostumbrado a él.
Apenas traspasé la puerta de entrada, me embargó una sensación de rechazo, no quería seguir viviendo en esa casa.
Aunque era el lugar adonde había llegado al mundo desde el vientre de mi madre, y , allí había pasado los mejores años, los de la infancia, también era verdad que esas paredes albergaban el recuerdo de las peores cosas que signaron mi vida hasta el momento del accidente.
El tío Aldo me recibió con alegría, aunque envió un taxi para que me transportara desde el sanatorio. Él, como de costumbre se encontraba atareado con sus negocios.
- De regreso a casa querido sobrino - Dijo el tío abrazándome emocionado
Me sorprendió que al estrecharme entre sus regordetes brazos, por primera vez lo sentí sincero.
Creo que lo que ocurrió es que el tío estaba perturbado. No podía percibir hasta dónde llegaba la intensidad de esa conmoción, pero de lo que estaba seguro era que el cambio serviría para el mejorar de nuestra relación.
Luego de una semana en casa, la que aproveché para ordenar pequeñas cosas materiales, pero de gran valor sentimental en la vida humana, entre las que se encontraban videos y fotos de mis padres que fui empacando pausadamente, resolví conversar con el tío.
Estaba dispuesto a marcharme, percibí que él lo intuía, yo no era el mismo luego del accidente.
Necesitaba de alguna forma reparar el daño que le había causado a Irma, era una de mis asignaturas pendientes. La otra, despedirme de Paula, parientes salvo el tío, no tenía y amigos, solo eran compañías del momento.
- Tío - le dije con voz resuelta a confesar todo sin callar nada. - ¿Recuerdas a Irma?
- Por favor no quiero recordar a una ladrona - contesto ofuscado, agregando: - ¿Por qué haces esa pregunta?
Entonces en una incontenible catarata de palabras confesé el pecado que lastimaba mí alma.
- Yo fui el ladrón, yo fui quien robó las joyas – grité al mundo aunque solo él me escuchaba, Irma fue la víctima de mi hipocresía. Estaba asqueado de todo lo que me rodeaba y cansado de que ella me tratara con dulzura. Creía que deseaba suplantar a mi madre. Te he confesado esto pues debía descargar esta culpa que atormentaba mi alma.
El tío permaneció inmutable y con voz calma y seguro de lo que iba a decir, respondió:
- A pesar de tu mala conducta durante la vida, en el fondo de tu alma existen vestigios de inocencia. Desde el primer momento supe que tú habías robado esas joyas, pero resultó más fácil aceptar tu historia culpando a Irma.
- ¿Porqué? - interrogué sin comprender.
- Porqué era más sencillo utilizar como escudo tu falsedad, sabía lo que pensabas de ella, ya no necesitabas una institutriz y además de esta forma negaba tu delito.
-¡Claro! Ahora comprendo porque nunca te interesaste en el destino de las alhajas. La verdad, luego de escucharte, me pregunto cuál de los dos tiene más culpa.
Después de sincerarnos, le comenté que debía realizar algunas diligencias y cuando ya traspasaba el umbral, le oí decir.
- No te preocupes en buscar a Irma para que te perdone, nunca lo hará, pues jamás se ofendió, estoy seguro que desde el día que se fue te está extrañando, sí la encuentras, solo estréchala entre los brazos.
En parte acepté el consejo del tío, porque sí me preocupé en buscarla, pero cuando la hallé recordé sus palabras y entonces la abracé tiernamente, sentí como se estremecía su cuerpo por la emoción y vi su rostro humedecido por lágrimas de felicidad, me recliné frente a ella y rogué por su perdón, mientras la imagen de mi madre era una visión constante.
Había cumplido con el primer paso propuesto por mi espíritu, para rehacer mi vida en esta nueva oportunidad. Camino que solo mi voluntariosa alma había dictado.
El siguiente paso fue ir al encuentro de Paula, tarea que resultó sumamente fácil, bastó que concurriera a la confitería donde solíamos encontrarnos, lugar donde partíamos a ofrecer al mundo nuestras desmedidas vidas.
Oscurecía cuando ingresé al salón, solo dos de las mesas que lo poblaban estaban ocupadas.
En una conversaban amistosamente dos clientes, en la otra, la que se hallaba en un rincón del local estaba Paula, sentada sobre una silla, con un corto vestido que dejaba al descubierto el contorno de sus hermosas piernas.
Al verme sus ojos se iluminaron, creo que estaba allí, desde el momento que se enteró del accidente.
Nunca me visitó en el hospital, pero tampoco es necesario estar pegado al ser que está convaleciente y aunque tiene un sentir muy particular por la vida y toda la existencia (alguna vez manifestó no creer en Dios) presiento que como buena atea en los momentos caóticos aprendió a rezar.
Con paso lento fui acercándome, ella irguiéndose extendió los brazos, instintivamente copié sus movimientos para unirnos en un eterno abrazo en un reencuentro que finalizaría en despedida.
Mientras consumimos café, hablamos sobre lo ocurrido en el accidente y también sobre los días de rehabilitación en el hospital.
Ella escuchó atentamente mientras sus ojos se empeñaban en registrar cada gesto de mi rostro, le confesé que lo sucedido había cambiado mi forma de pensar y singularmente mi sentir.
Al principio, no alcanzó a comprender el cambio que había experimentado mi ser, pero luego a regañadientes fue aceptando la realidad, aunque insistió en una despedida a su manera.
(Su manera era una despedida con sexo y del ardiente)
No supe negarme, aún sentía necesidad de ese espíritu pecador enfundado en tan bello cuerpo, algo así como un poder que atraía mis instintos carnales.
No imaginaba cometer ningún pecado haciendo el amor con Paula, aunque sabía muy bien lo que ocurre con aquellos que pecan, luego de la muerte física. (Lo que para cualquier humano es un enigma, no lo era para mí, ya que había transitado por los aposentos del Señor)
Pero yo no era solamente un espíritu, estaba encarnado y la conjunción de la materia con el flujo del alma elabora una esencia impura, que produce un deseo obsesivo a todo lo prohibido.
Estas miserias humanas llamadas pecados, únicamente pueden lavarse por medio de un sincero arrepentimiento de confesión.
Nos amamos por última vez, nuestros cuerpos se retorcieron sobre el gastado colchón del cuarto de un hotel, transpirando al unísono para ser mudos y agónicos testigos del amor. El alba la encontró dormida sobre el lecho de aquel lúgubre cuarto, mientras yo me marchaba para no verla más, no sin antes acariciar sus cabellos y besar su frente.
La mañana me sorprendió retornando a casa, la que me cobijó durante la infancia y juventud.
La observé una vez más desde el umbral, empaqué todos los recuerdos en la mente y me fui.
VII
Quinientos kilómetros, recorrió el tren expreso dejando atrás mi ciudad natal.
Sabía la tarea que debía realizar y pensé bastante en ello durante el transcurso del viaje, aunque mi mente tampoco dejaba de evocar en cada instante la bella imagen de Dalia.
Creo, luego de tantos años transcurridos, que el motivo primordial del alejamiento del lugar de mi nacimiento, para habitar en un nuevo sitio, fue el de encontrar a Dalia, ya que me dirigí a la ciudad donde ella vivía, y, que para desempeñar la labor que se me había encomendado, y que acepté realizar con sacrificio y dignidad, no era necesario cambiar de escenario.
Por fin luego de varias y ansiosas horas de viaje arribé a destino.
Al salir de la estación ferroviaria, ocupé un taxi que me transportó a un pequeño hotel ubicado en el centro de la ciudad y mientras me trasladaba, observé cada tramo del recorrido, para poder luego desenvolverme en esa nueva urbe donde constituiría mi residencia.
Era una ciudad similar a la de donde provenía, con la diferencia que en ésta, vivía la mujer de la cual me había enamorado.
La gente, por lo que veía, sobre todo en esa zona y a medida que nos acercábamos al centro, poseía los mismos defectos y costumbres de los habitantes de mi ciudad.
Pensaba que en otras ciudades más lejanas y más pobladas y de otras crianzas se deberían comportar igual.
En todas las grande urbes, sus habitantes son autómatas que caminan sin ver a su alrededor, desordenados seres los peatones o conductores, cometiendo imprudencias de todo tipo, producidas seguramente por estar ensimismados en quién sabe que pensamientos, alegres, trágicos, melancólicos…
Todas estas razones producen diariamente accidentes, que en algunos casos resultan fatales.
Me pregunté si esas personas que seguían cometiendo actos alocados a costa de sus propias vidas y las de sus semejantes, serian capaces en algún momento cuando se los consultase por la donación de sus órganos, de ser solidarios.
No era optimista en tal sentido, bastaba por recordar mi pasado para reflejar mi estado de ánimo.
El cuarto del hotel donde me alojé, no deparaba lujos, tampoco los necesitaba, además no residiría en él por mucho tiempo.
Recuerdo aquel primer día en la nueva ciudad, estar ansioso porque las horas se esfumaran prontamente.
Comencé por sacar algunas pertenencias que guardaba en los bolsillos del saco y entre éstas, había un recorte de diario con la crónica del transplante realizado a Dalia, el artículo citaba el nombre del hospital donde habían llevado a cabo la intervención quirúrgica, el día siguiente debía averiguar la dirección donde estaba ubicado.
- ¿Estarás allí todavía? .Me preguntaba en voz alta.
Sí, ella estaba aún en el nosocomio.
¿Que sucedería cuando la encontrase? Cuándo nos viéramos, ¿me reconocería?
También rescaté del bolsillo interior del saco una agenda, la apoyé sobre la mesa de luz, llevaba un separador y en la hoja indicada el número telefónico del doctor Molina, quien sería el protagonista de importantes sucesos que ocurrirían más adelante.
Mis ojos se encontraban cansados cuando se enfrentaron al espejo y mi rostro denotaba profundas ojeras, además de un pálido semblante, producto de mis constantes alteraciones nerviosas.
Cómo añoraba mi espíritu aquellos sublimes espacios de paz en el paraíso, los gloriosos y perpetuos firmamentos celestiales.
Inversamente, como deseaba mi materia, mi carne, como gozaba teniendo a mi alma en su envase terrenal. La hacía sufrir sin compasión, torturándola, desgastándola, atormentándola con los dilemas físicos y morales de la tierra.
La cama estaba tendida, levanté la cobija, me recosté sobre el mullido colchón y me dormí profundamente, mi cuerpo estaba demasiado agotado para seguir pensando.
Así llegó a su fin el primer día en la ciudad nueva.
La claridad del alba me sorprendió desperezándome, la modorra es uno de los innumerables pecados veniales con los que convive el espíritu.
El nuevo día estaba en marcha, luego de aseado y vestido, salí a luchar por mi redención y el bien de mis semejantes.
No resultó difícil ubicar el hospital, estaba a pocas cuadras. Caminando presuroso me dirigí a él.
Mi corazón, órgano noble y único del ser humano ligado por cierta energía neutra (aún no descubierta por el hombre) al cerebro donde se halla alojado el espíritu, palpitaba esperanzado, pero lamentablemente se impregnó de congoja al obtener por respuesta de un empleado del hospital, que Dalia ya no se encontraba en él.
Que sí, solía atenderse en los consultorios externos y para obtener información, debía averiguar en la administración.
Iluso de mí, no darme cuenta que desde el accidente y la realización del transplante habían transcurrido casi dos meses y ella, sí no había sufrido ningún rechazo y funcionando bien su nuevo órgano, estaría recuperándose en su hogar.
Me retiré del hospital, no sin antes y con permiso, recorrer las habitaciones donde se encontraban aquellos, que esperanzados aguardaban por la misericordia de que otros, no menos desgraciados al fin y al cabo, pero valientes de alma, luego de ese trágico desenlace que es la muerte (para la naturaleza humana, no así para la divina) les donasen sus órganos, para poder realizar una vida normal.
Siempre y aunque todos los seres humanos son nuestros prójimos, hay algunos que nos conmueven más que otros o hacen que nuestro espíritu se interese más por ellos.
Esto se debe a que hay almas que poseen dentro de su energía un ADN magnético similar, haciendo que se atraigan mutuamente.
Fue lo que sucedió cuando recorrí esas habitaciones que cobijaban ansias y esperanza.
Promediando el pasillo lo vi ¡ahí estaba! Aquel pequeño, apenas cuatro años, con su rostro pícaro he inocente pero a la vez sufrido, esperando sin saber, una ilusión de vida, un sueño que lo devolviera al mágico mundo de la infancia.
Con ese ser, con ese niño al cual estaba ligado por ese magnetismo espiritual, comencé la lucha, la sana ambición de cumplir con mi mandato.
Mandé imprimir volantes y afiches que distribuí y pegué con mis manos, sobre las fachadas de la ciudad.
Todas las tardes iba al hospital, le llevaba regalos, trataba de brindarle toda la energía necesaria, para que su espíritu no se sumergiera en un abismo depresivo que complicara todavía más su salud. Él todo lo agradecía con una tenue sonrisa.
La madre aguardaba esperanzada que surgiera un donante para su hijo, el niño requería con urgencia corazón y pulmones, estos debían ser compatibles con su organismo.
La primera vez que conversé con ella, fue en la capilla del hospital, estaba arrodillada rezando, surcaban ambas mejillas hebras de lágrimas colmadas de angustia y desesperación.
Traté de calmarla, le prometí que haría por el pequeño todo lo que estuviera a mi alcance.
La segunda vez, la vi en la sala contigua a la habitación del niño, ansiosa pero un poco más calmada, fue cuando me interrogó.
-¿Usted es doctor?
- No,- le respondí.
-¿Quizás de la administración?
- Tampoco, le contesté. – agregando : Ni siquiera pertenezco a esta ciudad.
Me miró sorprendida, volviendo a preguntar.
-Sí ni siquiera pertenece a esta ciudad, ¿ porqué intenta ayudarnos?
- Vine en busca de alguien que no encontré, pero sí a este niño y verlo me conmovió.
Su espíritu, cuando crucé por la puerta de la habitación, hizo que me detuviera y me interesase por él.
Luego de escuchar, dijo - Tan joven y tan extraño, pero sí desea ayudar a mi hijo, bienvenido sea.
Me dio un beso en la mejilla, la sentí emocionada, me despedí, debía realizar urgentes diligencias, el tiempo apremiaba.
Era la segunda vez que contenía mi secreto, anteriormente había sido con el doctor Molina, ahora con la madre de ese niño.
Cómo podía explicarle la verdad de por qué lo quería ayudar, si le hubiera contado seguramente me hubiese tildado de demente.
Los días se sucedían rápidamente, la salud del niño fue agravándose en un paso inexorable hacía la muerte.
Mis súplicas a Dios, ese ser infinito y abstracto sin forma ni tiempo y eternamente inteligente, acudían a mi mente de manera constante.
Nadie respondió al llamado y todas las expectativas, todas las ilusiones se desmoronaron sobre un inerte vacío de desolación espiritual y afloró en cada uno de aquellos a los que había comprometido en una solidaria pero inútil cruzada, la falta de fe en nuestro Señor.
Propio de aquellas almas que dan todo por un milagro y al ver que este no se concreta se sienten abandonados y toda aquella seguridad de espíritu se transforma en rabia e impotencia.
Incluso yo, que visité los gloriosos, santificados e infinitos momentos celestiales, al estar mi espíritu inmerso en un cuerpo material, manifesté esa rabia e impotencia.
El silencio era uno de los protagonistas en la sala de terapia, el otro era el pequeño, cuyo cuerpo se negaba a liberar su espíritu, eso producía una lenta agonía, que en aquel instante era un hecho irreversible.
La madre del chiquillo estaba allí, como debía ser, sufrida, acompañando a su hijo, solo ella conservaba intacta la fe y la esperanza.
El niño dejó de respirar, su corazón se olvidó de latir, sus grandes ojos pardos nunca más volverían a ver.
En mis oídos se agotó el silencio y el frágil sollozo de la madre se hizo eco en ellos.
La madre no podía verlo, yo sí. Cuando el corazón del niño cesó sus latidos, su espíritu fue separándose del cuerpo en forma osmótica y uniéndose al aura se elevo lentamente para desaparecer a través de un pórtico impalpable que se hallaba en suspensión.
Todo había concluido, también mi primer fracaso, pero su muerte no fue en vano, al menos sirvió para descubrir que había desarrollado un nuevo sentido, ver como un espíritu se aleja del cuerpo, iniciando el camino de retorno al mundo celestial.
Pregunté en aquel momento.
- ¿Cuánto tardará el ser humano en desarrollar este sentido?
Seguramente milenios.
¿Tal vez deberá sufrir la humanidad alguna mutación espiritual?
Estaba claro que la sociedad, salvo casos aislados se rehusaba a la donación de órganos y eso se debía indudablemente al miedo.
Temor a que algo les sucediera, sí gente sin escrúpulos se enterase de que ellos resultaban ser donantes.
En distintos reportajes callejeros, el hombre de la calle, el empleado, el obrero, el ciudadano común, todos habían expresado la necesidad de que el gobierno debía cambiar su legislación por otra, una que garantizase al donante una segura privacidad. Un resguardo de su identidad.
Dos meses habían transcurrido desde mi llegada a la ciudad y todavía no había logrado algo positivo, mi estado de ánimo no era bueno luego de fracasar en la búsqueda de los órganos para el niño. Tampoco sabía nada de Dalia, aunque a ella no había intentado buscarla.
El departamento que habitaba, luego de marcharme del hotel donde me alojé en un primer momento, lo equipé con los instrumentos más avanzados en comunicación.
La tecnología más sofisticada reinaba en el recinto, teléfonos celulares, antenas parabólicas, computadoras, Internet, comunicaciones satelitales, varias líneas de teléfono de red y un equipo de radio de corta y larga distancia.
Este completo sistema me daba la posibilidad de estar en contacto con los lugares más remotos de la tierra.
Podía poseer los más sofisticados sistemas de comunicación, contar con los mejores médicos, clínicos, cirujanos, con los aparatos e instrumentos más avanzados, con los mejores laboratorios, las clínicas más renombradas y el suficiente capital monetario para realizar transplantes. Pero todo este fabuloso sistema se tornaba inútil, careciendo de valor mientras no se consiguieran órganos.
La lista de pacientes se acrecentó día a día y muy poco lo que ingresaba al banco de órganos.
Muchos eran los enfermos que morían por falta de donantes, mientras en las morgues de clínicas y hospitales descansaban los cadáveres para su velatorio y posterior inhumación.
Algunos deudos de personas fallecidas, denunciaban que los cuerpos de sus parientes habían sido objeto de la depredación de órganos.
Las denuncias, aparecían de tanto en tanto en distintos periódicos, pero realmente nadie sabía sí esto era cierto o sí solamente era informaciones sensacionalistas.
Lo que si era cierto, que más allá de las denuncias, nunca se habló de investigaciones.
Sí la mafia se encontraba detrás del secuestro, tráfico y comercialización de órganos cadavéricos, para el ciudadano común era un misterio.
Eso originaba que en la calle se hilvanaran macabras historias sobre algunas personas que, sabiéndose donantes en vida habían muerto en forma dudosa, o se encontraban extrañamente desaparecidos.
Tenía una misión que cumplir y mientras mi mente evocaba claramente la imagen del niño ángel, guiando mi espíritu por aquel paraíso celestial, rumbo al lugar donde se produciría mi regreso al mundo material, recordé al doctor Molina.
Él había trabajado en el centro de transplantes y fue quien me contó sobre la mafia y el tráfico de órganos, Molina no solo era cirujano también un excelente investigador y estudioso sobre el comportamiento y rechazo de los órganos transplantados.
Era preciso conversar con él, así que decidí regresar a mi ciudad natal.
Apenas tres meses habían transcurrido desde mi partida y sí me marché creyendo que volvería victorioso, solo resultó ser una hermosa fantasía.
Volvía con las manos vacías y en busca de ayuda.
No fue difícil encontrar al doctor, solo bastó dirigirme al hospital. Allí yo era una persona conocida, cada enfermero o médico con el que me cruzaba por los pasillos del nosocomio me saludaba y se interesaba por mi salud.
Como no podía ser de otro modo, lo ubiqué en la sala de guardia, dando alivio a pacientes que necesitaban una pronta atención y en medio de este ámbito, al verme, me abrazó como un padre al hijo que no ha visto por un tiempo.
Luego nos miramos y palmeándome la espalda, preguntó.
-¿Dónde has estado, Marco?
- A quinientos kilómetros, en la ciudad nueva- respondí, mientras observaba como curaba las heridas de un accidentado, agregando:
- Aguardo afuera hasta que se desocupe.
Él asintió con un movimiento de cabeza.
No tardó mucho en salir y aunque se lo notaba algo fatigado, se lo veía contento, me invitó a tomar café, lo que acepté sin titubear y entonces nos dirigimos a la cafetería del hospital.
Los pocillos de café yacían humeantes sobre la mesa.
- ¿Por qué regresaste al hospital, acaso no andas bien de salud?-preguntó el doctor preocupado, a lo que respondí.
- No, no es esa la razón, por suerte me siento bien, mejor que nunca.
- ¿Entonces a qué debo tu visita? No conozco paciente que haya sido curado en este u otro hospital, por lo menos en los que he trabajado, que regresen para visitar a los médicos que los han atendido. Al contrario, creo que algunos, cuanto más lejos logren pasar mejor.
- Mire doctor, ese no es mi caso, pero igual no deseo engañarlo, no vine a visitarlo por cortesía, pero sí a conversar sobre algo que es de mi interés. ¿Recuerda cuando le preguntaba sobre los transplantes?
- Sí que lo recuerdo- afirmó Molina, agregando:
-También recuerdo haberte comentado que no me gusta hablar de ello- dijo con fastidio.
- Esto es distinto doctor, he creado un centro de donantes de órganos.
El no entendía de lo que yo estaba hablando, entonces fui relatándole lo que había sucedido desde que me había mudado a la ciudad nueva.
Molina escuchaba atentamente, volví a mentir cuando me preguntó por qué estaba interesado en el tema.
Fue cuando le conté, que durante el mes que estuve en convalecencia, en muchas oportunidades recorría el piso donde se hallaban internados niños que esperaban la donación de órganos. Al ver esos rostros inocentes, angustiados y sufridos por la enfermedad, noté también una tenue sonrisa de esperanza en sus labios.
Supuse con humildad que bien podía ser yo esa esperanza.
Mi vida debía dar un giro positivo y dejar de ser esa materia viciada físicamente y corrupta espiritualmente, ese individuo que era antes del accidente.
Molina nada prometió, cuando le imploré que investigara cómo hacer para que la gente donase sus órganos sin temor.
Algo confidencial, privado que al ocurrir una desgracia fatal a ese futuro donante, solamente en ese preciso instante se conociese su decisión.
Sobre la mesa de la confitería del hospital, quedaron únicamente el par de pocillos vacíos como mudo testigos de aquella conversación. Mientras, el doctor se marchaba con sus dudas y yo con mis esperanzas.
VIII
Mi regreso rumbo a la ciudad nueva fue con fastidio.
Me sentía molesto por todo lo que ocurría y por más que pensara como emprender algún proyecto que me guiara al destino de mis mandatos, no vislumbraba señal del buen sendero.
Los interrogantes que podían decidir el futuro de los próximos meses, eran:
¿Llamaría el doctor? ¿Cuándo?
¿Estaría dispuesto a ayudarme?
Lo único que restaba por hacer, era esperar y rezar por una buena decisión de su parte.
Todos los días, por la mañana, recorría el hospital para interiorizarme por aquellos pacientes que esperaban ansiosos un donante para su órgano enfermo.
Fue una de esas mañanas que la vi, sobre la escalinata de entrada al nosocomio, apenas a veinte metros, apuré el paso y me hallé tan cerca de ella que pude inhalar la suave fragancia que emanaba de su piel.
-¡Dalia! La nombré en voz alta sin pensarlo y al darse vuelta, sus grandes ojos verdes me miraron, mientras su rostro dibujaba un gesto de asombro.
Quedamos enfrentados y tuve apenas segundos para pensar qué decirle, pues era evidente que ella no me conocía.
- ¿Te conozco? - preguntó sorprendida -
- No.-contesté sin dudar, tratando de hilvanar la próxima respuesta.
- En realidad sí, de vista. Descubrí como te llamas, el otro día cuando aguardabas turno en la puerta del consultorio.- le mentí, no podía decir la verdad, me creería demente.
- ¿También eres trasplantado?
- No, estaba allí por trabajo.
- ¿Qué deseas? - preguntó amablemente -
- Que hablemos – respondí.
- Perdona, pero estoy apurada, tengo un turno en el hospital, se hace tarde.
Vi su figura alejarse presurosa, pero no me importó ya había hallado a la mujer de la que estaba enamorado.
Mi espíritu se había cargado de energía para seguir luchando y solo sería posible llegar al éxito estando a su lado.
Ascendí los diez escalones que me conducían al piso donde habitaba, abrí la puerta y accioné la llave de luz.
Todo estaba desordenado, al entrar tomé una lata de gaseosa de la heladera y me senté sobre el único sillón que amoblaba el living.
Entorné los párpados y en la oscuridad que construyeron, comencé a recordar bellos momentos.
Hermosos instantes los vividos en aquel lugar sagrado, donde los dos éramos espíritus liberados, donde nuestras siluetas energéticas captaban sorprendentes sensaciones de beneplácito, donde no necesitábamos tocarnos para sentir la intensidad que desbordaba nuestras almas.
Dónde no hacían falta ojos para vernos ni era necesaria la lengua para hablarnos.
Allí reinaba el amor virtuoso y la dichosa paz que saturaba el espacio, pero también era un insoportable tormento para las almas corruptas que arribaban continuamente
Destapé la gaseosa y lentamente fui calmando la sed que demandaba mi físico, la otra, la de mi alma, todavía no sabía cómo calmarla.
Una duda estaba consumiendo la energía que producía mi cerebro.
Cómo podía ser que Dalia no hubiera logrado reconocerme. Tal vez el ángel borró su memoria humana y su espíritu viciado por la carne, atrapado en su interior, no conseguía aflorar en plenitud.
O quizás, la mujer que conocí en el paraíso de Dios, no era ella, sino un reflejo espectral liberado de su cuerpo en los momentos críticos de su enfermedad corpórea.
Mientras pensaba en Dalia recostado sobre un sillón, sentí un murmullo que provenía del fondo del departamento, entonces decidí incorporarme.
El cuarto se había tornado brumoso, se veía más amplio, mucho más, tanto que su estructura había cambiado de fisonomía convirtiéndose en una arquitectura ojival.
La pared del dormitorio se había disuelto y ocupaba su espacio un hermoso altar adornado con amapolas, las flores preferidas de mi madre.
El sonido de la marcha nupcial rebosaba el ambiente, no podía creer lo que estaba sucediendo, sobre el altar estaba mi madre, con el mismo vestido que lleva puesto en mi foto preferida y su rostro conservaba la misma sonrisa, yo me hallaba a su lado impecablemente vestido.
Sobre el pasillo, alfombrado del mismo tono del color de las amapolas, formado por hileras de bancos, ocupados por invitados elegantemente vestidos, se acercaban lentamente dos siluetas.
El brillo que irradiaba su figura era deslumbrante y aunque su rostro estaba oculto por un velo, no dudaba que era ella.
Dalia se aproximaba lentamente al compás de los melodiosos acordes de la marcha nupcial del brazo de mi padre, cuando casi se encontraba frente al altar caminé dos pasos y tomándola de la mano nos alineamos frente al sacerdote que oficiaría la ceremonia.
Luego de ofrecer el sermón el celebrante, dirigiéndose a la novia formuló con voz serena y pausada la pregunta de rigor.
- ¿Prometéis ser fiel a este hombre hasta que la muerte los separe?
Ella me miró con una sutil sonrisa, luego dirigió lentamente su mano a la altura del pecho, introdujo ésta a través de su blanco y sedoso vestido, el que lentamente fue tiñéndose de rojo y extrajo de entre sus vísceras el corazón, que latía como queriendo escaparse de sus manos, mientras gruesas gotas de sangre se escurrían, coagulándose en un viaje sin destino.
Volvió a mirarme y con voz firme y decidida, dijo:
– Dónalo.
El chillón sonido del despertador provocó como un estruendo en mi cerebro, dirigí la vista hacía él, las manecillas marcaban las seis y treinta, había dormido toda la noche.
Me levante aturdido, pisando la lata de gaseosa volcada sobre la alfombra.
- El azar nos vuelve a reunir.
Le mentí a Dalia al verla esa mañana en el hospital mientras, me sentaba a su lado en la sala de espera de consultorios externos, sabía por anticipado que ella tenía un turno para ese momento.
- ¡Ah…! El desconocido del otro día en las escalinatas - contestó sin perturbarse .
- Bueno, el desconocido se presenta. Me llaman Marco.
- ¡Marco! - exclamó, agregando en forma risueña:
- Como el personaje de Corazón, la novela de Edmondo De Amicis. Estas buscando a tu madre y creíste que era yo.
- No, mi madre murió cuando yo tenía once años.
La sonrisa se desdibujó de sus labios y contestó.
- Disculpa, fue una broma.
- Estás disculpada, no lo sabías.
- Me he enterado que hace poco tiempo te han realizado un transplante, lo leí en el diario, en un artículo donde aparecía tu fotografía, por eso te reconocí el otro día.
- Tú también eres transplantado.
- No, yo soy cazador de donantes.
- ¿Cazador de donantes?
- Sí, trato de encontrar gente que en vida, comprometa donar sus órganos, sí es que le ocurre la desgracia de tener un accidente fatal.
- Te entiendo, conmigo sucedió, recibí la donación cuando mi estado era sumamente crítico, es difícil conseguir quien done sus órganos, pero hay que comprender a las personas, es lógico que nadie piense en morirse.
- Tienes razón, la gente tiene miedo, es un tema tabú.
- ¿Cuéntame, como haces para “cazar” donantes? - preguntó Dalia curiosa.
Comencé contándole todo lo que me había ocurrido desde que residía en la ciudad nueva.
Ella se mostró interesada, escuchó atentamente mi relato, que fue interrumpido por la voz de la enfermera llamándola para su control rutinario.
Decidí esperarla, no fue mucho lo que demoró.
Volvió contenta, se notaba en esa carita angelical, en ese rostro aún adolescente de perfectas facciones, que todo marchaba bien.
- ¿Todavía aquí? - Preguntó -
- Sí, te esperé para saber cómo estás.
- Muy bien, el doctor dijo que mi recuperación ha sido brillante.
-Te felicito, esto merece celebrarse- y la invité a tomar algo, ella aceptó y juntos caminamos varias cuadras conversando hasta que encontramos una confitería.
Luego de beber un par de gaseosas y de conversar amenamente, nos despedimos frente a la parada de micros, no sin antes prometer vernos un día de la siguiente semana.
Ella ascendió al transporte, yo quedé extasiado observando como su figura se disolvía detrás del vidrio de la ventanilla del autobús a medida que éste se alejaba.
Una vez que el micro se convirtió en un punto minúsculo, comencé a caminar lentamente la vereda pensando en ella.
Estaba seguro que mi relación con Dalia empezaba a gestarse.
Era tal mi dicha, que imaginaba que sí en ese instante me tocaba morir, aquella persona que recibiera mi corazón, sería el ser más afortunado de la tierra.
Instintivamente elevé la mirada al cielo, seguramente recordando lo que había aprendido de la religión católica, lo hice para dar gracias a Dios por haberme brindado la posibilidad de estar con el ser amado.
Aunque no era necesario agradecer al cielo, el Creador está junto a nosotros en la misma tierra, como su reino, como los ángeles, como nuestro espíritu, sólo que nada podemos ver ni apreciar, mientras estamos encerrados en nuestro ropaje de carne.
Todo es un proceso reglado: el nacimiento, la vida y la muerte, aunque en ciertas ocasiones hay espíritus que no encuentran el rumbo y permanecen vagando los espacios, para ellos, Dios otorgó vida espiritual a los ángeles. Estos espíritus halados recorren los infinitos vacíos, en busca de almas vagabundas para guiarlas por el sendero correcto.
Mientras pensaba en estas verdades, el destino (encadenamiento de los sucesos que Dios deja a merced de cada espíritu encarnado, para luego de acuerdo a su proceder poder juzgarlo en la vida eterna) quiso que cruzara donde se encontraba una iglesia, me detuve frente al pórtico y luego de meditar un instante, decidí entrar.
Sabía perfectamente que Dios se hallaba tanto dentro como fuera de ese templo religioso, pero el silencio y la paz que ofrecía aquel recinto, era una buena forma de concentrar mi espíritu y poder conectarme con el mundo celestial.
El templo se hallaba vacío de almas, solo el eco de mis pasos fundía el silencio. Caminé entre la hilera de bancos de la moderna iglesia con paso firme en dirección al altar mientras, sutiles rayos solares que atravesaban su vidrioso techo iluminaban mi figura y parte del ambiente.
Me arrodillé detrás de uno de esos bancos, uní las palmas de mis manos e inclinando la cabeza, comencé a rezar frente a la eterna imagen de Jesús crucificado.
No recuerdo el tiempo que permanecí orando, pero debe haber sido bastante, porque cuando volví de mi meditación, los rayos solares habían cesado de colarse por la vidriosa bóveda y a través de ella, ahora se distinguían pálidas luces de estrellas lejanas.
No había advertido que del otro extremo del banco, alguien estaba observándome.
Un sacerdote miraba, seguramente sorprendido por la vehemencia de mi rezo.
El religioso se aproximó y sentándose a mi lado, preguntó.
- He estado observándote y por tu concentración en el ruego advertí que posees una ferviente vocación espiritual.
- Creo y tengo fe en Jesús, padre.
Respondí con tono orgulloso, sus negros ojos hacían parecer más penetrante su mirada y sus gestos amables y decididos, seguramente le daban cierta convicción en su prédica.
- Yo también creo en Él apuntó, pero no solo eso basta, asimismo hay que cumplir con las enseñanzas del Mesías, comenzando por los preceptos del decálogo.
Lo miré fijamente, de la misma manera que lo hacía él e insolentemente lo interrogué.
- ¿Usted los cumple padre?
- Por supuesto, sino no me atrevería a vestir este hábito-contestó visiblemente molesto, pero sin perder su compostura.
- Sabes los años que me ha llevado estudiar, comprender la vida de nuestro Señor Jesucristo, del dogma católico, toda mi existencia la he consagrado a Dios -respondió
Creo que se fastidió, cuando le dije:
- Eso es de lo que reniego de la religión que me inculcaron de pequeño, de los sacerdotes, de sus pares, salvo algunas excepciones la mayoría no sale de sus templos, sus conventos o claustros. Viven en ellos recluidos, aburguesados, manteniéndose con dádivas que reciben del estado o colectas, limosnas de fieles aburridos y decepcionados.
El día que deciden traspasar los muros de la iglesia, los religiosos ignoran la miseria y sufrimiento de sus semejantes.
- Esa es tu apreciación pero, no la realidad además, esta es la casa de Dios y con tus palabras lo estás ofendiendo.
- No padre - repliqué ,- Usted sabe muy bien que Dios no tiene casa. Él habita en todas partes, pues es la creación. No digo que todos los sacerdotes sean iguales, pero a muchos les he visto dando misa o administrando el sacramento de una forma tan autómata, tan fría, que pareciese que sus espíritus carecieran de fe.
El religioso sin dejar de mirarme, meditó un instante y luego pareció sincerarse:
- Tal vez algo de razón tengas, pero tú debes ver al sacerdote como un maestro, solo como un ser que predica la doctrina de Dios y lo que su espíritu realice, deja que lo juzgue el Creador.
Su concepto me pareció lógico y respondí.
- Tiene usted razón, no tengo ningún derecho a enjuiciar a nadie, soy algo pequeño, insignificante en la inmensidad de nuestro Señor.
Nos despedimos amigablemente y mientras atravesaba nuevamente la hilera de bancos, percibí que la fe que irradiaba ese espíritu encarnado en la misión de sacerdote, era tan o más intensa que la que contenía el mío. Ya que mi creencia provenía de la certeza y la de él de la esperanza.
IX
TRES AÑOS DESPUÉS
La tarde de aquel domingo de invierno estaba atiborrada de gris, el día se había tornado desapacible. Con Dalia nos encontrábamos sobre la alfombra del living de nuestro hogar, mirando fotos.
Eran fotos de nuestra boda. Un año había transcurrido del acontecimiento y éramos sumamente felices.
Su vientre se veía voluminoso, apenas días restaban para convertirse en primeriza y durante el embarazo no había sufrido ningún inconveniente, salvo los normales originados por su estado.
Siempre se mostró feliz desde el momento que se enteró que iba a convertirse en mamá.
Conmigo no sucedía lo mismo, Dalia era una mujer trasplantada, yo no olvidaba eso. Cuando me enteré de su estado de gravidez, aunque me sentí feliz, no oculté la preocupación que me embargaba.
Luego de varias consultas al ginecólogo, éste nos aseguró que ni ella ni el bebé correrían peligro por motivos del trasplante y que seguramente el parto sería normal.
Durante el transcurso de estos dos últimos años habíamos logrado algunos progresos, no en la captación de donantes, que seguía siendo la asignatura pendiente.
Al no haber donantes, no se conseguían órganos y si carecíamos de estos, muchas personas que aguardaban ser trasplantadas morirían.
De poco servían entonces los progresos logrados: ese formidable banco de datos sobre los sanatorios, clínicas y hospitales con el último y más sofisticado equipo de instrumentos quirúrgicos y de monitoreo y además, donde se desempeñaban los mejores cirujanos, secundados por expertos profesionales de distintas especialidades.
También habíamos logrado construir una clínica gracias al aporte de donaciones de seres solidarios, se brindaba gratuitamente ayuda de recuperación tanto física como psicológica a todas aquellas personas que habían sufrido un trasplante.
Poseíamos unidades móviles aéreas y terrestres, siempre en estado de vigilia para el traslado de órganos desde cualquier punto del planeta, con cámaras de temperatura adecuada para cada caso.
Pero todo esto resultaba vano e inútil al no contar con una masiva donación de órganos y cierto era, que la lista de pacientes se acrecentaba día tras día y muchos morían al no recibir un órgano a tiempo.
Dalia, además de ser mi esposa, se había convertido en la ayuda más preciada, en la sombra de cada uno de mis actos.
Dinero no nos faltaba, ya que seguía siendo uno de los dueños de la que se había constituido en una de las más poderosas compañías petroleras del planeta, gracias a la gran visión empresaria que poseía el genio del tío Aldo.
- ¿Recuerdas esta foto? -preguntó Dalia, mientras trataba de incorporarse tomándose el vientre.
- Espera, deja que te ayude-me ofrecí tomándola de la mano.
Cuando los dos estuvimos de pie y luego de mirarnos amorosamente, nos abrazamos y besamos como lo hacíamos desde la vez que nuestras almas decidieron amarse.
- ¿Tomamos té?-preguntó Dalia.
- Bueno-respondí y mientras se dirigió a la cocina, me instalé frente a la ventana de la habitación y desde allí observé extasiado como el cielo grisáceo se descomponía en un sin fin de gotas, mientras algunas de éstas repiqueteaban sobre el cristal del ventanal como queriendo filtrarse e inundar de lágrimas invernales nuestro cálido ambiente.
El timbre del teléfono hizo estragos en la quietud de aquel momento.
- Atiendo- le avisé a Dalia.
- Bueno- asintió ella desde la cocina.
- ¡Hola!- Dije, mientras una voz que sonaba conocida, pero olvidada, respondió en tono de pregunta.
- ¿Marco, eres tú?
- Sí, habla Marco- dije tratando de identificar de quien era la voz que sonaba del otro lado de la línea.
- Soy Molina.
- ¡Doctor!-exclamé.
- Qué alegría oírlo, sabe cuanto hace que espero su llamado.
- Necesito verte, tengo algo muy importante que mostrarte y es urgente.-expresó con tono ansioso, para agregar.
- Anota la dirección del laboratorio-
Así lo hice y antes de despedirnos me advirtió que no dejara de ir.
Su llamado, aunque siempre lo estuve aguardando, en ese momento me sorprendió, ni siquiera pude comunicarle que estaba por convertirme en padre de un momento a otro.
Dalia irrumpió en el living llevando en la mano una humeante taza de té y preguntó.
- ¿Quién llamó?
- El doctor Molina- respondí notándose en mí voz y movimientos una nerviosa aceleración que ella percató rápidamente.
Dalia conocía a Molina solo por comentarios que yo había hecho en diferentes oportunidades, sabía que para la tarea que nos apremiaba, él era el Mesías. Quien nos conduciría a la panacea de nuestras vicisitudes, era lo que estábamos aguardando.
Dalia sabía que yo nunca había olvidado lo que había conversado con el doctor Molina, que siempre conservé la fe de que llegaría ese momento y por fin había ocurrido.
Tomamos el té y luego de abrigarme nos miramos, solo eso bastaba para entendernos, acaricié su panza, los dos sabíamos que el bebé nacería sin que el padre estuviese presente.
Nos besamos, sus labios se sintieron dulces y me brindaron la suficiente energía, para afrontar un viaje que nos separaría por primera vez, desde nuestro casamiento.
Atravesé la puerta de calle, dirigiéndome con paso apresurado rumbo la cochera tratando de esquivar las frías gotas de agua que pendían sobre mi cabeza.
Desde la ventana Dalia me observaba a través del vidrio empañado y en ese instante verla, me pareció como sí su silueta se hubiera convertido en una guardia espiritual que me acompañaría durante el viaje.
El frío era intenso fuera de la cabina de la camioneta y la visibilidad escasa a causa de la intensa e interminable lluvia que escoltaba mi travesía.
Ese no era motivo para dejar de pensar en la razón del llamado del doctor Molina.
¡Creía en el doctor!
A mi juicio era un ser maravilloso con un espíritu noble y caritativo.
Deseaba cuanto antes llegar a destino.
Jamás estuve tan feliz de volver a transitar por las calles de la ciudad natal.
La dirección que el doctor me había dado quedaba en el barrio bajo, donde predominaban viejas construcciones. Antiguos edificios de comienzo del siglo anterior.
Me interné conduciendo por las angostas y añejas callejuelas empedradas, seguramente colmadas de historias de un sangriento siglo XX que solo es recuerdo. Cien años donde la humanidad realizó a través de sus científicos, a pesar de dos grandes guerras y donde se ha matado a tantos seres, enormes progresos tecnológicos.
La fachada del edificio describía un sitio lúgubre y vetusto, verifiqué una vez más la dirección, no existían dudas, ese era el lugar.
Un frente descuidado, una puerta despintada, restos de un timbre, golpeo mi puño sobre la gastada madera. Reconozco la voz suplicando desde el interior.
- Un momento por favor.
Al abrirse la puerta tropiezo con él.
- ¡Doctor! Exclame.
-¡Marco! Que alegría. Respondió Molina y sin más palabras nos estrechamos en un fraternal abrazo colmando el encuentro.
- El rostro del doctor no era el mismo, parecía como sí hubiesen transcurrido diez años sin verlo y solamente habían pasado tres.
La calvicie invadía casi toda su cabeza y solo quedaba en su testa un poco de cabello blanquecino, a la manera de corona de laureles, como aquellas que adornaban los cráneos de los Césares de la antigua Roma.
Su cara estaba poblada por una espesa y descuidada barba, además de blancos y gruesos bigotes que apenas dejaban ver su fino labio inferior.
Las arrugas de su frente se habían profundizado, su cuerpo, antes espigado, ahora se veía algo arqueado, su delgadez era notoria y aunque el tono de su voz era el mismo, ya no parecía tan firme como antes.
- No te sorprendas por mi aspecto, Marco-dijo, adivinando mi pensamiento.
- Han sucedido cosas en estos tres años que desgastaron mi salud.
-Siéntate.-me ordenó, mientras señalaba con su mano una vetusta y destartalada silla de madera, que enseguida comenzó a crujir apenas me senté.
Él se acomodó sobre un sillón de cuero desgastado, con algunos tajos en el tapizado por donde asomaban alambres de resortes oxidados y comenzó a contarme todo lo que le había ocurrido a lo largo de estos años.
- Estela fue la mujer que he amado durante toda mi vida.
Al decir estas palabras, su voz se debilitó acongojada, enseguida regresó a su tono normal.
-Ella fue la compañera ideal con la que soñamos en nuestra juventud, la madre ejemplar de los tres hijos que tuvimos.
En mi vida de médico, ésta que he elegido y de la cual no me arrepiento, en diferentes oportunidades he diagnosticado graves enfermedades, lamentablemente incurables y me ha tocado comunicárselo a los parientes directos de estos pacientes, pero nunca había vivido esto en carne propia.
Un día, un colega al que Estela había acudido por una dolencia, me reveló la cruel sentencia.
Sus palabras aùn resuenan en mis oídos torturándome desde aquella tarde, cuando dijo.
- Lamento comunicarle que a su esposa, según los estudios realizados y lo que indica la ecografía, se le ha detectado un tumor cancerígeno en el páncreas con diversas metástasis.
-Fue en ese instante, cuando tomé conciencia del verdadero dolor y la desesperación que habían sufrido aquellos, a los que fríamente alguna vez les comuniqué algo similar. Sus rostros acongojados, confundiéndose con el de Estela recorrieron mi mente, me parecía ver en cada uno de ellos, una trágica mueca que se burlaba de mi desgracia.
Dos meses alcanzó a vivir, dos meses de sufrimiento y agonía.
No logré superar su muerte y desde entonces comenzó mi calvario.
Mi existencia ha sido arrastrada por un torrente de alcohol, viví completamente borracho y cuando estuve a punto de naufragar, sucedió…- El doctor parecía poseído mientras delataba su dolor, lo escuchaba atentamente y no tenía ninguna intención de interrumpirlo.
- Una de esas penosas noches - continuó relatando - cuando regresaba a casa atiborrado de alcohol y en mi cabeza todo giraba indefinidamente, me detuve frente al espejo, éste se hallaba ubicado en el dormitorio, en él se reflejaba la miserable imagen de mi ser, un guiñapo humano detestable.
Apenas sí podía mantenerme en pie, mi mente estaba aturdida, mi figura se desdibujaba, ya no se reflejaba en el cristal.
Dentro del marco del espejo todo pareció transformarse, el espejo se veía como el agua de un estanque al cual le habían arrojado una piedra, el transparente líquido producía un sin fin de ondas circulares cada vez más intensas, que terminaron generando un remolino.
En medio de ese contexto, una imagen comenzó a emerger desde lo que segundos antes supo ser el espejo, a medida que alcanzaba nitidez, reconocí en ella a mi esposa.
Froté mis ojos varias veces mientras volvía a contemplar el espejo, el rostro de Estela permanecía allí, sereno, conteniendo una agradable sonrisa, la miré obnubilado por la bebida etílica, sin dar crédito a lo que estaba sucediendo.
Fue en ese momento cuando oí su voz, calma, suave, como siempre.
En ese mágico instante ella dijo:
-No puedes continuar de esta forma, no debes abandonarte, tu espíritu esta vivo y tiene algo importante que realizar aún en esta bendita vida, deja que tu alma domine tu cuerpo y no que la materia abata tu mente.
Recuerda el nombre de Marco, no lo olvides Marco, Marco, Marco… formando con tu nombre, un eco que aún repiquetea en mi cerebro.
Luego de su mensaje, Estela me dio la espalda para irse internando por un camino bordeado de flores, siempre dentro de los límites del contorno espejado.
Cuando volví del éxtasis, intenté seguirla, pero mi cuerpo rebotó contra el espejo, que solo devolvía la clonación de mi silueta.
No logré encontrar una explicación lógica a lo ocurrido esa noche, pero desde entonces mi vida cambió substancialmente.
Ver y oír a Estela, fue una inyección de vida, un nuevo renacer.
Aún no alcanzo a comprender el origen de esa visión, pero hizo que recordara lo conversado aquella tarde en la confitería del hospital.
Hace más de dos años que lucho tras una solución a tu pedido y en todo este tiempo no he tenido prácticamente descanso. Pero los frutos del árbol han madurado al fin y esa es la razón de mi llamado.
Este es el momento indicado, el tiempo justo de extirpar la semilla del pistilo.
Presta atención y abre tu mente Marco, ahora te enseñaré, el método para que todos podamos sentirnos seguros de ser en vida donantes de órganos, sin tener temor a convertirnos en víctimas de mafias o traficantes-
Recuerdo que lo único que desentonaba en ese arcaico edificio, era una moderna computadora.
La construcción del mobiliario era de fines del siglo diecinueve y según el doctor Molina había sido transformado en laboratorio casi promediando el siglo veinte.
Por aquellos años un pequeño ejército de científicos investigaba con los elementos aún existentes, algunos seguían funcionando, en la creación de una vacuna contra la poliomielitis.
Entre estos investigadores se encontraba el doctor Jonás E. Salk quien estudió el virus y logró cultivarlo, creando una vacuna para beneficio de la humanidad.
- Pero esto fue hace tiempo - aclaró el doctor - y no te he pedido que vengas para contarte estas cosas, sino para revelarte algo que ansías saber hace mucho.
He vivido días y noches enteras sin desvelo, tratando de hallar una respuesta, he realizado constantes ensayos en este recinto, pero sin ningún resultado positivo.
Una noche, desorientado y agotado por tantos experimentos fallidos, me dormí, sobre la mesa de ensayo.
Luego de un tiempo en el que había logrado conciliar el sueño, desperté sobresaltado.
El retumbar de un trueno más una gotera salpicando mi cuerpo fueron los cómplices.
El techo era de cemento y en partes, de chapas bañadas en cinc, sobre estas las gotas de lluvia se estrellaban sin piedad y en su repiquetear destrozaban el silencio.
A través de un pequeño orificio de una de las chapas se filtraba un rayo de luna, algo verdaderamente extraño ya que el cielo viéndolo por una de las ventanas, estaba totalmente encapotado.
El rayo permanecía en el mismo sitio impertérrito, era un haz de una luminosidad intensa en dirección a la vetusta biblioteca, colmada de libros antiguos.
Palmeé mi rostro tratando de despabilarme, una vez incorporado, caminé hasta detenerme frente a las desvencijadas estanterías, donde los ejemplares se deterioraban en lenta agonía.
El rayo de luz hacía resplandecer un pequeño libro de lomo negro, éste parecía haber cobrado vida y palpitaba activamente.
Extendí mi mano temblorosa, apenas alcancé a tomar el ejemplar, al sentir las yemas de los dedos hacer contacto con la áspera y gastada badana de su lomo, también mi mano se inmoló de ese efecto fulgurante.
Todo mi cuerpo quedo inmerso dentro de un capullo luminiscente y embebido por tan rara vivencia, con el libro entre mis manos, comencé a hojearlo.
La tapa estaba completamente desgastada y apenas sí lograba ver los vestigios de un título con letras de oro que rezaba ” Los diagnósticos de la muerte”
El interior de sus amarillentas páginas era casi ilegible y en la última en su borde inferior se hallaba la fecha de edición, la que logré leer sin ninguna dificultad.
Decía, 21 de Julio de l898, que por rara coincidencia, luego lo relacioné, es la fecha de inauguración del edificio y está grabada en el frente de la casa.
Ésta había sido la mansión de un acaudalado empresario de la época, el que falleció poco después de estrenarla, según lo que conseguí averiguar.
Su muerte supuestamente resultó a causa del mal funcionamiento de su sistema renal.
Los deudos, luego del funeral, donaron el mobiliario al estado por expresa voluntad del empresario poco antes de su muerte.
En el libro, además de leerse la fecha de impresión, también se podían leer las páginas centrales, que a la inversa de todas las otras, permanecían intactas, como sí recién hubiesen sido impresas-
A esta altura del relato el doctor parecía haber entrado en trance, estaba como poseído por una fuerza interior que lo dominaba, en ningún instante me atreví a despegar los labios, aunque la ansiedad por enterarme de todo me erizaba los nervios.
- Comencé a descifrar el contenido de esas páginas – continuó.
-Esas palabras están guardadas en mi memoria, el párrafo decía lo siguiente:
“Todavía resulta imposible para la ciencia determinar en el momento exacto que se produce el fallecimiento, hoy la medicina recurre a distintos procedimientos con el fin de poder asegurar que el difunto efectivamente lo sea e irreversiblemente antes de proceder a su inhumación.
Uno de éstos es por ejemplo, el de la tira de papel escrita con una solución de subacetato de plomo.
Sobre una tira de papel filtro se escribe la frase ” ESTOY MUERTO ” o cualquier otra, con una plumilla impregnada en una solución acuosa de subacetato de plomo, resultando unos caracteres invisibles.
Manteniendo el papel junto a las fosas nasales, sí la persona ha fallecido, las emanaciones sulfurosas afectan al subacetato de plomo.
El subacetato se transforma en sulfuro de plomo, que es de color oscuro, pudiéndose leer el trágico veredicto.” ESTOY MUERTO”
Sobre la base de esta definición que rezaba el libro, comencé a investigar utilizando como elemento principal el subacetato de plomo.
Tuve la ocurrencia que, sí lograba grabar un tatuaje sobre la piel de un humano empleando este derivado, estaba cerca de definir lo que pretendía.
La piel es un órgano que elimina por sus poros distintas substancias entre las que se encuentra el anhídrido carbónico.
Al hacer un tatuaje sobre ella, ésta haría las veces de papel filtro.
Podríamos tatuar una inscripción con la leyenda ” SOY DONANTE “ y al fallecer la persona tatuada las emanaciones sulfurosas mostrarían lo tatuado.
Comencé a experimentar con algunos cobayos. Al principio los resultados no fueron los esperados, pero solo hubo que corregir la preparación química del subacetato para que el experimento funcionase.
Con una diminuta aguja impregnada de subacetato de plomo, puncé la piel de los conejillos, luego de un periodo de espera para que se borrasen las marcas producidas por los pinchazos, los sacrifiqué inyectándoles veneno.
Una vez muertos esperé varios minutos, comenzando a surgir como por arte de magia la marca o dibujo que les había tatuado.
El experimento efectuado en los conejillos a dado un buen resultado, pero ahora resta lo más importante, hacer un ensayo en seres humanos.
El tatuaje invisible se puede hacer a cualquier persona, ya que es inocuo, pero lamentablemente se necesitan personas cercanas a la muerte.
Cuando más rápido se comprueben los resultados del experimento en humanos y se de a conocer a la sociedad, se salvarán muchos de aquellos que están en listas de espera. Por supuesto, siempre que la gente juzgue al método eficaz.
IX
-Te he llamado, para que juntos podamos concluir la parte final de este experimento.
-Doctor, estoy realmente emocionado y a la vez orgulloso por hacerme participe de su descubrimiento-le dije, reteniendo lágrimas que pugnaban por fugar de mis pupilas.
- Gracias, es solo lo que puedo decirle, gracias y por supuesto que estoy para ayudarlo. Diga usted lo que debo hacer.
Él sonrió, creo que se sintió desahogado y a la vez conforme por haberme comunicado todo lo que había hecho durante estos años.
- Ahora debes descansar, se nota que estás agotado, el viaje ha sido largo. Al fondo del pasillo está el baño, date una ducha y luego cenamos.
Así lo hice, luego de la comida, me indicó el cuarto que había preparado especialmente para que pudiera descansar.
Por supuesto que mucho me costo dormir esa noche, pensaba en lo que ocurriría al día siguiente, en el importante paso que estábamos por dar, sabía que estaba por cumplir gran parte de la misión que se me había encomendado. Tampoco olvidaba que había dejado a Dalia próxima a dar a luz, intenté llamarla pero en ese lugar mi teléfono portátil no recibía señal, entonces decidí que el nuevo día debería llamarla sin demora.
El doctor Molina continuaba teniendo predicamento en el hospital, al que nos dirigimos al día siguiente. Comenzamos recorriendo el nosocomio en dirección a la sala de guardia, allí se encontraba de turno el doctor Jiménez, amigo y colega de Molina, al que invitó a una reunión en el laboratorio.
Jiménez fue puntual, ahí estaba esa misma tarde, golpeando la vetusta puerta de la casa de Molina.
Una hora después y café por medio Jiménez estaba al tanto del proyecto de Molina. Luego, éste le mostró a su colega las pruebas y ensayos realizados.
Necesitábamos un ser humano, alguien que estuviera a un paso de la muerte irreversible. El amigo del doctor prometió ayudarnos, se despidió entusiasmado por el método, convencido por las pruebas irrefutables que le había enseñado Molina.
Los días se sucedían ansiosamente, hacía una semana que estaba en casa del doctor. Dalia aún no había dado a luz, cuando tenía algo de tiempo me comunicaba con ella, añoraba nuestros momentos.
Pero no podía ir a verla a pesar de que no estaba tan lejos, debido a que permanecíamos a la espera de ese voluntario condenado a muerte. Mientras tanto ayudaba al doctor en el laboratorio, tratando de perfeccionar el modo de emplear con mayor eficacia su descubrimiento.
Por fin la siguiente semana la llamada telefónica amenguó nuestras ansias, era el doctor Jiménez, nos pedía que estuviéramos en el hospital lo más urgente posible.
Quince minutos después, estábamos conversando con él. Existía una posibilidad. Miré el rostro de Molina instintivamente, se lo veía hinchado de felicidad, los dos no sentíamos felices.
¿Felices? Me pregunté, Sí, alegres de que alguien va a morir, contestó mi interior irónicamente y agregó, - pensar que luchamos por salvar vidas y nos alegramos por que alguien morirá.
La joven había quedado en estado vegetativo, se hallaba en un coma profundo e irreversible y la culpable ¡Cuando no! La maldita epidemia, la droga.
Una sobredosis de cocaína había dado su estocada mortal.
El cuerpo prácticamente inerte se encontraba en terapia intensiva y lo único que todavía lo mantenía con vida era el respirador y su corazón que inexorablemente iba lentamente cesando sus latidos.
El doctor Jiménez nos llevó a una sala contigua a terapia, donde se hallaban los padres, éstos sabían el veredicto, el desenlace era inminente.
Luego de hacer las presentaciones correspondientes, dialogamos.
Como era de prever estaban muy acongojados, Molina les explicó cual era el motivo por el que nos encontrábamos allí.
Por suerte era gente de una profunda fe espiritual, supieron entendernos y aceptaron nuestro pedido.
Entramos en la sala de terapia intensiva, conocía muy bien el lugar, porque ese fue el sitio donde mi alma, volviendo del paraíso celestial se reencontró con mi cuerpo.
También el doctor Molina conocía cada rincón de esa sala ¿Cuántas batallas habría librado tratando de salvar a sus semejantes? Seguramente bastantes, feliz cuando resultaba victorioso ¿Cómo dolería cuando regresaba derrotado?
La sala de terapia estaba dividida en pequeños cuartos que se comunicaban por medio de un pasillo, solo el eco de nuestros nervioso pasos se escucharon, y luego el silencio invadió el lugar al llegar a destino.
Molina dejó el minúsculo frasco con la solución de subacetato, sobre una pequeña mesa que allí había, yo hice lo mismo con las agujas que iban a perforar la piel de ese cuerpo casi inerte.
El cuerpo de la muchacha se sacudía levemente al compás del respirador.
El doctor se calzó los guantes, yo lo imité, luego destapó el frasco con el preparado y dijo con voz serena:
- Alcánzame la aguja.
Así lo hice, tratando de contener el temblor en mi mano.
Molina preparó la aguja, después empapó la punta con el subacetato y cuidadosamente comenzó a punzar el frágil cuerpo de la joven.
Fueron varias las veces y lugares donde tatuó la frase ” SOY DONANTE ” en el antebrazo, en las nalgas, en el vientre y en el cuello.
Fueron cuarenta minutos sin descanso, eterno momento de tensión, cuando concluyó, extrajo un pañuelo del bolsillo de su guardapolvo y secándose la transpiración, dijo.
- Era necesario tatuar en diferentes zonas del cuerpo, como procedimos es la forma correcta.
- ¿Porqué tatuar en varias partes?
Pregunté curioso.
- Sabemos que los tatuajes, cuando desaparezca la irritación de la piel, dentro de veinticuatro horas, no serán visibles.
En ese instante desconectaran el respirador, luego esperaremos a que la muchacha fallezca, seguramente por un paro cardiorrespiratorio.
Esto se produciría según mis cálculos dentro de las cuarenta y ocho horas siguientes. Entonces veremos cual es la zona donde el tatuaje surja más legible.
Ese lugar, seguramente será por donde el cuerpo exhale más anhídrido carbónico, todo aquel que desee ser tatuado deberá hacerlo en ese sitio o cerca de esa región.
No hubo objeciones de mi parte, además conque autoridad lo iba a hacer, solo estaba para ayudar.
- Recoge todos los elementos, Marco- dijo el doctor, luego de explicarme lo que sucedería.
Antes de marcharnos, Molina se entrevistó con Jiménez no sin antes alertarlo de ciertos recaudos sobre el experimento.
El día siguiente desconectarían el respirador, y el espíritu de la joven, al no hallar ninguna fuerza que se le opusiera natural o artificial se trasladaría a su inevitable morada.
Se notaba en el rostro del doctor una sensación de beneplácito por haber logrado probar su descubrimiento, se dibujaba en sus labios una leve sonrisa, era la primera vez que observaba ese gesto en su cara desde nuestro reencuentro.
Jiménez no nos dejo partir.
- Antes tomaremos un café, y mientras conversamos distienden sus nervios-dijo en forma amistosa.
Aceptamos al instante, siempre es bueno sentarse a conversar y relajarse mientras se cambian opiniones saboreando un buen café, sobretodo luego de una tarea agotadora.
Los tres, con paso cansino caminamos rumbo a la confitería del hospital.
Apenas nos habíamos sentado cuando mi celular comenzó a sonar.
- ¡Hola! ¡Hola!
Repetí, apenas sí se oía una frágil voz que clamaba desde el auricular, la comunicación era mala.
- ¿Marco…?
Sentí la voz que me nombraba más nítidamente y respondí.
- Sí, habla Marco.
- Soy Elena.
Elena era la hermana de Dalia.
- ¡Elena… que alegría oírte! ¿Cómo está Dalia?
- Para eso te llamo, para felicitarte, ” PAPÁ”
Tu hija es una hermosa beba de cuatro kilogramos y la madre esta muy bien.
Fue tan grande la alegría y tanta la emoción, que mientras algunas lágrimas florecían de mis ojos, solo pude decir.
- Gracias Dios omnipotente me has dando todo lo que anhelo y aún nada te he ofrendado.
Luego de cortar con Elena, traté de volver a la realidad, frente a mí la mirada viva, de Jiménez y el rostro sonriente de Molina, más un afectuoso abrazo de los dos, fueron apenas un consuelo a la distancia de lo que no podía poseer entre mis brazos.
- Debes regresar, no todos los días se es padre y además por primera vez - dijo el doctor Molina, agregando -
- Puedo seguir solo con esto, cuando sepamos el resultado te lo comunicaré.
- Doctor, este proyecto es la razón de mi existencia, más tarde habrá tiempo de besar a mi hija y abrazar a mi esposa.
Nos despedimos del doctor Jiménez y regresamos al laboratorio, la casa de Molina.
Debimos esperar veinticuatro horas, ese era el tiempo indispensable para que desaparecieran los débiles vestigios de las punciones.
Durante el día de espera hablé varias veces con Dalia por teléfono y sin haber visto a mi hija ya la conocía, es que Dalia me la describía constantemente.
La noche fue un tormento, no había podido pegar un ojo siquiera. Por fin la claridad del día para acelerar los tiempos.
El timbre del teléfono me sorprendió lavándome la cara, tratando de despabilarme.
El doctor Jiménez llamaba desde el hospital, el respirador que mantenía a la joven con vida, había sido desconectado.
Presurosos partimos para el nosocomio, apenas llegamos nos informaron, como lo había anticipado Molina que la muchacha había fallecido a causa de un paro cardiorrespiratorio.
Molina, se dirigió ansioso a terapia, yo tras él, allí estaba el cuerpo pálido, frío, tieso.
El médico comenzó a examinar las zonas donde había realizado los tatuajes, en las nalgas y en el antebrazo, pero en ningunos de esos lugares el tatuaje había aflorado mientras en el sector del vientre se notaban algunas marcas difusas.
Solo en el cuello la frase “SOY DONANTE” se notaba con nitidez, con Molina nos miramos triunfantes frente a ese cuerpo inerte, que era cómplice inmutable de su invención.
Sabiendo que todo había concluido bien, un nuevo paso precisaba darse.
Había que patentar el método, para que nadie se aprovechara de ese descubrimiento en beneficio propio y una vez hechos los tramites legales donarlo a la humanidad.
Pero todo eso le correspondía al doctor Molina, pues él, solo él había sido el artífice de tamaño descubrimiento.
El viaje de regreso a la ciudad nueva me pareció más dilatado que nunca. Anhelaba estrechar entre mis brazos a mi esposa y a mi hija, y como en la vida todo llega, pronto las tuve junto a mí y disfruté de ellas a plenitud, sabiendo que estaba por culminar con éxito la misión que en el reino del Señor se me había encomendado.
Dos meses después de aquella gloriosa e histórica jornada en la sala de terapia del viejo hospital y luego de ser divulgado en forma masiva por los medios de difusión de todo el mundo, el sencillo pero inobjetable y valioso método del doctor Molina fue adoptado en todas las regiones del planeta.
La gente concurría a diferentes centros asistenciales privados y del estado donde se la tatuaba anónimamente. No se solicitaba identificación alguna ni existían registros de su paso por el establecimiento.
Al tiempo de estos sucesos, comenzaron a recibirse donaciones de todo tipo de órganos en todos los centros dedicados a transplantes.
Las listas de espera de futuros receptores en distintas ciudades fue disminuyendo considerablemente, y todos aquellos que necesitaban ser trasplantados ya no debían desesperarse por ello.
Los trasplantes comenzaron a realizarse asiduamente para al fin convertirse en operaciones de rutina, casi tan sencillas como una operación de apendicitis.
Seguí trabajando por esta causa durante muchos años, Dalia además de regalarme otros dos hijos se convirtió en la fiel e incomparable compañera de todos mis deseos.
Juntos sostuvimos por años lo que habíamos edificado, hasta que el avance de la ciencia dejó caduco lo logrado.
Hoy después de sesenta años ya no se efectúan trasplantes, las píldoras reconstituyentes de tejidos orgánicos han dejado de lado las operaciones quirúrgicas.
El promedio de vida se ha elevado, presiento que en un futuro no lejano, el ser humano tendrá una vida placentera hasta los ciento veinte años y no me atrevo a predecir lo que pueda acontecer con el devenir de los siglos.
Seguramente, cuanto más se logre prolongar la vida humana, será favorable para la realización de largos viajes interplanetarios.
Al doctor Molina lo vi por última vez, un año después de su descubrimiento.
En esa oportunidad conversamos por la exitosa marcha del método.
Aún recuerdo parte de la charla, cuando dijo:
- Marco, todos tenemos una misión en esta vida, algunos nunca se dan cuenta otros, como me ha sucedido, descubrimos nuestro cometido cuando creemos que nuestra vida está acabada. He decidido marcharme al continente africano, siento que hay espíritus que reclaman atención, seres que necesitan ayuda médica, gente pobre y humilde sin recursos. Siempre me basé científicamente para explicar en cada oportunidad el origen de la vida. Hoy aprendí a creer en Dios.
No conozco su forma, sí es que la tiene, ignoro cómo está compuesto, solo creo que existe y que es el precursor de la vida.
Ahora logro explicarme los sucesos que desencadenaron el método para conseguir donantes.
El lumínico haz que se posó sobre el libro, para luego envolverme en su capullo de energía y la imagen de mi esposa, recordándome lo que debía hacer mientras se deslizaba sobre la luna del espejo, no fueron visiones, pero sí mensajes celestiales para guiarme por la buena senda.
Marco me despido de ti hasta siempre, sí no nos volvemos a encontrar sobre la tierra, seguramente nos hallemos como almas, en algún lugar divino.
Para nada me sorprendió la despedida del doctor Molina, lo vi alejarse lentamente mientras imploraba, Dios lo bendiga.
Cinco años, hace que extraño a Dalia, cinco largos años que su espíritu se ha marchado a la eterna morada.
Cuando evoco los instantes finales de su paso por este mundo terrenal, impregnado de tanta crueldad, siento que ella fue un destello de luz divina para mi alma, un ángel milagroso que envió el redentor para que mi espíritu consiguiera alcanzar con sabiduría la meta deseada.
No hay un solo instante que deje de pensar en ella, la poderosa energía que manaba de su interior, sigue siendo la fuente de mi sustento.
Cuando llegó su final físico, antes de cerrar sus ojos y con el último hálito de su voz, dijo:
- Desde este instante te amaré eternamente.
La quietud regía el recinto, yo era el único que estaba a su lado en ese instante y poseía ese fantástico sentido que había adquirido en mi tránsito por el paraíso del Señor.
Vi como su espíritu se desdoblaba de la materia y elevándose se volatilizaba a través de una ranura imperceptible, mientras mi alma sufría como sí le arrancaran un pedazo.
La perdida de Dalia, terminó después de un tiempo, diluyendo la esencia de mi alma y la energía de mi ser fue extinguiéndose de tal forma, que las articulaciones de mi cuerpo se fueron debilitando y mis movimientos se volvieron torpes.
Las atrofias sucesivas, como usted puede ver, han logrado postrarme sobre esta silla de ruedas.
La mujer que usted ve acercarse por el pasillo, señor periodista, es mi primera hija, su madre quiso llamarla Raquel, en homenaje a aquella que donó sus órganos e hizo posible que ella viviera y formara una familia.
Bueno, creo que le he contado todo lo que quería escuchar, o por lo menos casi todo, espero no haberlo aburrido y le agradezco por haber recordado esta fecha, la que conmemora años de la creación del método y también por hacer que reviviera de nuevo esta vida, la que he amado y en la que vislumbró el final.
Le ruego sí desea, como supongo, publicar todo lo que le he narrado, lo haga después de mi fallecimiento, usted es joven y puede esperar.
Contenga su ansiedad, le aseguro que no será por mucho tiempo.
No quiero leer en ningún periódico o revista, artículo alguno donde me tilden de pobre anciano afectado de demencia senil.
- E P Í L O G O -
El día amaneció calmo, el sol ha ido asomando por el horizonte descargando sus pálidos rayos sobre la mojada tierra del campo santo, luego de cinco días de tormenta ha llegado la calma a la ciudad Nueva.
La quietud domina el lugar, solo se oye el revolotear y el gorjeo de algunos pájaros que buscan alimento para sus hambrientos pichones después del temporal.
El frío es demasiado intenso, el mármol de las lápidas y monumentos, común escenografía de los cementerios le da mayor frigidez al momento.
El cortejo fúnebre se detiene al final de la callejuela, lo estoy observando a través de una interminable hilera de cruces.
Dos empleados de la funeraria comienzan a sacar el ataúd, de los demás vehículos descienden los familiares, quienes van tomando una a una las bronceadas manijas del féretro.
Todos van ataviados con gruesos capotes para protegerse del despiadado frío, la comitiva emprende el camino y atraviesa con paso lento los sepulcros, las cruces se convierten en silenciosos testigos, mientras los niños y demás familiares marchan detrás en caravana.
El cortejo se aproxima con paso cansino, a mis pies hay una zanja de dos metros de largo y uno de profundidad, es la fosa donde descansara ese cuerpo vacío e inerte.
El espíritu que morara ese organismo inanimado ha partido, está más allá de lo que los seres humanos podamos comprender, en esta segunda mitad del siglo veintiuno.
Ayer quince de agosto del año dos mil sesenta y dos de la era cristiana a las dieciocho y treinta horas, emergió del cuerpo que lo contenía el espíritu de Marco, para introducirse en el laberinto que lo condujo a la eternidad.
Seguramente se ha integrado a las personas que más amó, sobre la tierra pecadora, sus padres y a la que en vida material fue su leal y gran compañera, su esposa Dalia.
¡Tal vez! Nadie quiera creer la historia de Marco, ni siquiera aquellos que están dotados de una profunda fe religiosa.
Quizás la mayoría de los que lean las páginas del libro, que hoy comenzaré a redactar, sólo lo recuerden como el ser que ayudó a implementar un método para que todos perdiéramos el miedo a donar órganos.
El que se preocupó por los receptores y creó escuelas de rehabilitación, el que utilizó su fortuna en bien de una causa para la humanidad, el que no pidió ni recibió nada, ni de la iglesia, ni de ningún gobierno de la tierra.
Cuando usted lector lea la parte espiritual de esta futura narración, dirá que todo es producto de la asombrosa imaginación del escritor.
Pero como periodista, haciendo honor a los sagrados juramentos de mi profesión, expreso que todo lo que voy a contar, es la verdad de los hechos, porque creo fehacientemente en el relato de Marco.
La congoja se ha adueñado de las almas de los participantes al entierro, es que no comprenden que esa luz que los iluminaba y que se ha apagado, aunque ellos no lo noten, como herencia les ha legado su resplandor.
Las paladas de tierra van cubriendo el cajón, cuando todo acaba un empleado del cementerio clava una cruz de madera.
Todos se marchan en silencio, observo esa tosca cruz, hay un nombre tallado en ella.
“MARCO” coloco la mano en un bolsillo del saco, extraigo un cortaplumas y grabo con orgullo y emoción debajo de ese nombre.
“CAZADOR DE DONANTES “
FIN

