A Barracas

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  Aun perduran las imágenes de ayer,

nostálgicos reflejos que se dan,

que los ojos de la mente pueden ver 

y en el alma de nosotros siempre están.

Vetustas fachadas de antaño 

latiendo en un mundo adolescente,

contorno manado de lo extraño

donde conjugan el pasado y el presente.

BARRACAS,estás en la memoria

de los seres que en tí habitan,

que transitan las entrañas de tu historias

y al compás de sus momentos la palpitan.

Si volvieran los espíritus lejanos

y el eco de sus voces,a entonar,

A BARRACAS,barrio amado,

cantarían la más dulce melodía de arrabal.

Es un sueño cotidiano recorrerte,

porque barrio,en tu dibujo,

encierras la fe,la enseñanza

y la ilusión del día,

que envolviendome en tu embrujo

bajo la noche de luna,

como un niño en fantasía

me arrullarás sobre tu cuna.

Aromas

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Inspira el alma,

aromas de nostalgia;

en busca vá,

de ese amor

que quedó inherte,

en el arcón

de la esperanza.

Gira el carrusel

de la pasión,

mientras aviva

la llama de cupido,

logrando despertar

de su letargo.

Lo que el tiempo

olvidar,

no ha conseguido.

Poeta

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No existe el fin,

nada concluye.

Te partirás en infinito

y sembrarás en el vacío

cada molécula de tí.

Germinarás

en cada instante,

sobre el espacio

propuesto por el tiempo;

Luego…¡Quizás!

Quien sepa leer

en el papiro de los siglos

percibiendo eternamente

el recitar de la poesía.

El de espíritu anhelante

y hálito poético,

cosechará tus versos

Cazador de Donantes

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cora

El profundo silencio todo lo invadía ,cada espacio estaba colmado de luz ,de una luminosidad de la cual me sentía parte,de un fulgor intenso, que unido a ese mutismo insondable que me envolvía ,era una santificada paz que jamás había percibido.
Esta impensada situación me conmovía, ignoraba que estaba sucediendo y extrañado, meditaba sí todo eso era real o tan solo un sueño.
Súbitamente,el mutismo fue interrumpido por una melodía celestial ,que partía de un punto donde el resplandor se advertía más denso.
No sentía ninguna sensación en mi cuerpo y a pesar de estar en movimiento no caminaba, flotaba.
La luz delineaba un sendero, un pasillo sin contornos, sin limites visibles.
A mi lado y en la misma dirección, como atraídos por algo majestuoso se desplazaban otros seres.
Eran siluetas uniformes con destello propio, presentía que podían ser humanos como yo, pues mi imagen era semejante a la de ellos.
Todos nos dirigíamos impulsados por una fuerza agradable y una muy bella sensación de bienestar a un infinito y centelleante portal.
Solamente la claridad cubría mi aspecto al final del laberinto y todo se fundía en ella uniéndose en algo absoluto.
Debí haber atravesado lo que anteriormente me había parecido un portal, porque inmediatamente el cambio fue íntegro.
Un valle fértil, entre dos montes tupidos de un pastizal verde intenso, se presentó ante mí.
Una cascada de agua cristalina descendía por la espesura espejando el paraje, allí fue donde pude reencontrarme con mi rostro, en el reflejo de ese estanque.
La piel pálida de mis manos y mi cara no desentonaban con la túnica blanca que cubría mi cuerpo.
El cielo era de un color añil ,sereno, sin nubes y su interior emitía un resplandor blanco inmaculado y el instante semejaba la hora del alba.
El clima cálido hacia placido el momento, no había brisa y la calma era elocuente.
Un árbol similar a una magnolia por sus blancas flores y por su intenso aroma, más un largo y rectangular granito a sus raíces, resulto un buen lugar para sentarme y meditar.
Una y otra vez y aunque estaba experimentando una dulce sensación de bienestar, volví a preguntarme que extraño lugar era ese.
No estaba solo, había más gente en ese sitio buscando una repuesta, hombres y mujeres de diferente linaje y distintas edades, recorrían el paraje.
Sus rostros se veían pálidos al igual que el mío y se les notaba una sensación de asombro similar a la que en mí se reflejaba.
Todos vestían túnicas blancas de una rara tela liviana semejante a la que yo poseía. Un manto albo inmaculado sin escote, de faldas y mangas largas que los cubría por sobre los tobillos.
Una madre con su pequeño en brazos, deambulaba sobre el contorno del lago. Caminaba descalza, todos andábamos descalzos.
La superficie parecía alfombrada de una hierba menuda, suave, aterciopelada, que al andar se tornaba insensible a la planta del pié.
A pesar de sus rostros pasmados, percibía en ellos una seguridad y una serenidad que también notaba en mí, y que nunca antes había experimentado.
Creo que todos, inclusive los niños, mientras jugaban saltando sobre los troncos de algunos árboles tumbados, esperábamos que alguien nos explicara porqué estábamos allí.
De pie junto a la roca, bajo el árbol frondoso y perfumado y mientras observaba distendido jugar a varios pequeños, advertí que alguien se hallaba en mi entorno, ¡quizá! Decidido a procurarse compañía.
Sentada sobre la larga roca y a mi espalda una mujer de edad madura era una ocasional compañera y junto a ella, un hombre que aparentaba unos cincuenta años y una muchacha que parecía apenas traspasar la adolescencia de cabello largo y rubio, contemplaban la escena.
La mujer de unos sesenta años, de mirada profunda, ojos pardos y cabello entrecano examinándome, se presentó.
- Mi nombre es Raquel – dijo en un bajo timbre de voz-
- El mío es Marco – contesté antes que me lo preguntara-
- El mío Esteban – pronunció el cincuentón detrás de mis palabras-
- ¿ Y el tuyo? – interrogué a la muchacha, que aún permanecía en silencio-
- Dalia – respondió la muchacha con voz melodiosa -.
La mujer de edad madura tomó la iniciativa, pareciendo constituirse en el primer protagonista.
Muy segura de sus palabras, comentó.- noto que están sorprendidos y a la vez confundidos.
No se hallaba equivocada, pues esa era la sensación que me embargaba, creo que tampoco estaba errada con respecto a Dalia y Esteban.
En ese instante, presentí que ella manejaba algún indicio para desentrañar ese misterio, del cual éramos a mi entender partícipes involuntarios.
Raquel continuaba sentada sobre la compacta roca de granito, a su derecha
Dalia, también sentada, la contemplaba con atención, mientras Esteban y yo permanecíamos de pie.
- Voy a relatarles una pequeña historia que los va a conmover, - manifestó la mujer – dejando detrás de su dicho, el suficiente suspenso para que los tres nos dispusiéramos a escuchar atentamente en silencio.

II
Ellos se conocían desde la adolescencia, habían sido compañeros en la escuela secundaria, donde comenzaron a noviar. Juntos cursaron la carrera universitaria, los dos ostentaban títulos que los acreditaba como abogados.
Luego de un tiempo de lucha y sacrificio, lograron instalar un estudio jurídico y después de haber transcurrido dieciocho años de estar unidos en matrimonio y de haber concebido una hermosa pareja de hijos ya adolescentes, una niña de quince años de ojos verdes y cabello color oro y un muchachito de diecisiete, serio y responsable para su edad, formaban una familia feliz.
- Así comenzó Raquel su relato y así prosiguió, con un tono suave y triste en su voz, pero sin titubeos.
Al finalizar la semana de trabajo tenían por costumbre escaparle a la gran urbe, a sus ensordecedores ruidos, a su aire irrespirable. Para esa ocasión, tiempo atrás, habían adquirido una pequeña quinta, no muy alejada de la ciudad.
La noche anterior a uno de esos rutinarios viajes de fin de semana y mientras todos se aprestaban a ordenar sus equipajes, un llamado telefónico cambiaría el futuro de sus vidas.
Ismael, así se llamaba el padre de familia, - aclaró Raquel – atendió el llamado, seguidamente paso la comunicación a su esposa. Del otro lado de la línea una voz entrecortada por dolores suplicaba su presencia.
Segundos después de finalizada la comunicación, Ismael interrogó a su mujer.
- ¿Qué le ocurre a Inés? Noté por su voz un estado de preocupación y nerviosismo.
Ella contestó entonces, mientras acomodaba algunas prendas dentro de un bolso.
Su embarazo esta llegando al final, creo que en cualquier instante nacerá su bebé. Me rogó hacerle compañía.
l la miró a los ojos, la conocía muy bien y murmurando, dejó escapar de sus labios un… - parece que no tendremos paseo.
- Tú sabes que Inés esta sola, – respondió su esposa, agregando – su novio la abandonó al saber que estaba embarazada, además no tiene familiares y soy su única amiga.
- Nos quedaremos sin viajar, - insistió Ismael, como resignado.-
- No replicó su señora, - aclarando – le prometiste a los chicos pasar el fin de semana en el campo, recuerda que estarás ausente un mes por asuntos de trabajo y te van a extrañar, como tú a ellos. Es bueno que viajen, así luego soportarás mejor no verlos.
Ismael medito un instante y alegó – siempre viajamos juntos, - su mujer mirándolo con cariño, contestó. – Perdóname por esta vez, no puedo abandonar a Inés a su suerte, es mi mejor amiga, y me necesita. Ve tú por favor y disfruta con ellos, luego te echaran de menos.
Así dada la situación, mientras la esposa quedaba acompañando a su amiga parturienta, su marido y sus hijos comenzaban el periplo.
El día amaneció colmado de niebla, la carretera se hallaba bastante transitada y el pavimento resbaladizo.
Luego de una hora de viaje, habían recorrido casi la mitad del camino.
Todo había transcurrido normal hasta ese momento, en sentido contrario al vehículo que conducía Ismael un auto se aproximaba en forma zigzagueante, al volante un muchachón alcoholizado no alcanzaba a controlar el automóvil.
El bólido se cruzó en la ruta, como un misil buscando destruir su objetivo, el impacto fue tremendo, las consecuencias irremediablemente trágicas, el hombre y sus hijos quedaron atrapados para siempre en una mortaja de hierros retorcidos.
Tremenda también fue la noticia para la esposa y madre de sus hijos. Desde el instante que se enteró del trágico accidente quedo sumergida en un abismo depresivo y sin consuelo.
Los días se tornaron insoportables, las horas eternamente amargas.
El tiempo no lograba menguar en su mente, como era lógico, aquel terrible episodio.
A pesar de haber transcurrido dos interminables años, todo seguía latente.
A los cuarenta y siete años tenía el aspecto de una mujer de sesenta, las canas poblaban en parte su cabellera y algunas arrugas profundas en su rostro, más un caminar cansino y encorvado contribuían a formar esta imagen.
Deambulaba por las solitarias y frías callejuelas del sector más antiguo de la ciudad, ese crudo invierno.
La situación meteorológica había contribuido en gran medida para que el paraje permaneciera desierto.
Llegó al añejo puente, mientras una fina llovizna iba lentamente humedeciendo su rostro. El riachuelo corría mansamente cincuenta metros ahí abajo, la sonriente imagen de su esposo e hijos parecían llamarla desde el lecho del río.
Se hallaba como hipnotizada, arqueó su cuerpo por sobre la baranda, extendió los brazos y se dejó caer, sus pupilas se dilataron, mientras caía y solo seguía viendo a su familia en ese viaje sin regreso.
Su frágil cuerpo rebotó sobre la orilla un hilo de sangre emergió de sus oídos y otro desde sus fosas nasales, quedo inmóvil, mientras el agua y el silencio formaban el entorno.
- Así concluyo Raquel tan trágica historia, para confesar en el final que esa mujer había sido ella.
Si con su relato Raquel intentó conmovernos, al menos conmigo logró su cometido. Pero con su última frase no solo eso consiguió, sino que también alcanzó a confundirme.
Si ella era una de los protagonistas de ese relato y se había quitado la vida, como podía estar en ese momento conversando con nosotros.
Cualquiera que hubiese estado atento a su relato, al haberse enterado de su conclusión se sentiría desconcertado.
Dalia no había perdido detalle de lo narrado. Mientras observaba atentamente a Raquel y ésta se reflejaba en el profundo e intenso verde del iris de sus ojos, confusa y turbada expresó.
- No creo lo que has relatado, no puedo entender como es posible que si tomaste la horrible decisión de quitarte la vida, estés dialogando entre nosotros.
Esteban y yo opinábamos lo mismo. Raquel tenía un semblante pálido, pero era una particularidad que nos concernía a todos, por lo demás no presentaba golpes a la vista ni tampoco sangraba y se movía con normalidad.
Ella se manifestó tratándonos de incrédulos al no saber ni entender nada de esa realidad, agregando.
- Todos de una u otra forma, en cierto momento de nuestras vidas hemos adquirido un abono, una entrada para arribar a este sitio, con una fecha estimada que solo se halla en los genes de nuestro destino.
Algunos como yo, por propia decisión. Otros como les ha sucedido a ustedes, inconscientemente.
Al finalizar su aclaración, Raquel nos observó en silencio por un instante, tal vez tratando de intuir lo que estabamos pensando

Un dia distinto

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Ayer fue un día distinto para Rodolfo. Uno de aquellos que quedan por siempre grabados en nuestra memoria, como los mejores de nuestra existencia.
Los que nos demuestran que existe en nuestro tiempo, espacio para el amor y la amistad.
Los que hacen que todo lo vivido, no ha resultado en vano.
Hoy lunes de madrugada retorna a casa, lentamente su auto desanda el camino de la vuelta, mientras las pálidas luces que alumbran las calles, descubren sus mejillas humedecidas bajo un leve rocío de lágrimas.
Sí, Rodolfo está llorando, pero no es un llanto de tristeza, son lagrimas de nostalgia y emoción, menudas gotas que brotan desde el alma cautiva de su ser.
Por la mañana volverá la rutina.
Rodolfo nació en el barrio, desde el primer instante su piel fue abrazada por la brisa de la naturaleza barraquense.
Nació y creció en Barracas y aunque ahora ya no habita en él, asiduamente lo recorre a causa de su trabajo.
¡Ayer! Domingo por la mañana, trepó a su automóvil y recorrió como cada día el mismo camino hasta llegar al barrio.
La semana anterior había estado conversando con su amigo Juan, entre los dos decidieron concertar una reunión con los amigos del barrio, los de siempre, los de la eterna adolescencia.
Siempre se hallaban en contacto, pero en veinte años nunca se habían reunido todos juntos.
Cuando descendió del auto, débiles rayos del sol mañanero alumbraban su figura, como queriéndolo acompañar en ese raid nostálgico a través del mágico dibujo que ofrecía Barracas.
El día pasa rápido, se dijo a sí mismo, por la noche lo esperaba la tan ansiada cena.
Sin pensarlo había estacionado el auto frente a la plaza, caminó unos pasos, se
Detuvo a contemplarla ya que muchas veces y en el mismo día pasaba frente a ella sin mirarla, compenetrado casi siempre en valores banales.
Esta vez sus ojos se llenaron de luz, de una luminosidad que iba deslumbrando de sus sombras los duendes que manaban del pasado.
La plaza había sido recientemente reestructurada y muy poco resistía del pasado.
Aunque en ese instante, para Rodolfo nada había cambiado, sus ojos veían lo que su alma quería ver y sus oídos oían lo que su espíritu quería oír.
Mágicamente sintió que su cuerpo se transmutaba en aquel muchachito adolescente y desde una densa nebulosa comenzó a surgir la nitidez de lo fantástico.
Advirtió la voz de Juan, reclamándole que le pasase la pelota, sintió su cuerpo transpirado mientras corría distraído sobre el césped con la de goma al píe, luciendo sobre el torso la camiseta azul y oro de su amado club.
Sus amigos Armando, Beto, Ignacio, eran partícipes imprescindibles de esa fantástica visión de añoranzas adolescentes, de ese picado rescatado de la efigie inolvidable de un domingo mañanero.
La realidad y la ficción se confundían en un mundo intermitente y mientras transitaba las calles del barrio iba bosquejando las viejas fachadas.
Al caminar la calle Herrera, esta le devolvió la perenne imagen del almacén de Grandi, que solo subsiste aun en un rincón de su memoria.
No se encontraba solo en ese andar de peregrino mitológico, lo escoltaba su mejor amigo Hugo, ” el flaco ” levemente encorvado de risa facil e indeclinable
amistad.
Abstraído en una incoherente remembranza, junto a la abstracta compañía de su amigo, fue recorriendo paso a paso las calles desbordadas de leyendas juveniles.
Sus ojos rehicieron lo etéreo, el bar de flecha, la biblioteca, la librería de Otero, la carnicería de Cosme, la cigarrería de Ventura, la lechería con su mete gol, el pasaje Jener, el almacén de lamparita, el de patrulla de ratas, la rinconada…
La intermitencia se fue diluyendo y la realidad del presente comenzó a invadir cada recodo de su psiquis.
Hoy el barrio se confunde entre modernos edificios y arcaicos y vetustos caserones, mientras su cielo está tejido por una maraña de cables telefónicos y de compañías de televisión y hasta una formidable autopista lo atraviesa en dos desangrando su estirpe de arrabal.
Las sombras denunciaban el final del día, mientras iban invadiendo sutilmente cada espacio barraquense.
Rodolfo observó su reloj, la hora de la cita estaba próxima, la histórica avenida Montes de Oca le pareció mucho más iluminada, era la vía que lo conduciría a Potenza, el restaurante del ahora “gordo” Menendez.
Estaba sentado junto a una mesa, cuando comenzaron a llegar uno a uno sus amigos, todos se fueron fundiendo en un fraterno e inagotable abrazo.
Los recuerdos y anécdotas saturaron de añoranzas el entorno del pequeño comedor.
Así fueron pasando las horas, en una conjunción de entrañable amistad.
Ayer fue un día distinto para Rodolfo, hoy lunes de madrugada sus mejillas continúan húmedas.
Sí, Rodolfo está llorando, pero es un llanto de nostalgia y emoción, pronto llegara a su hogar.
Por la mañana volverá la rutina.

Destino

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Como el árbol que en otoño se deshoja,
Afrontando desnudo cada invierno,
Del diario de mi vida, cada hoja,
Fue cayendo y desnudando cada sueño.
Vivir, se me antojó un tormento.
Sabiendo que mis sueños no existían,
Y mis versos consolarme no podían.
Naufragaron mis poemas en la nada
Y en la nada conviví junto con ellos.
Esta circunstancia desdichada,
A mí, poeta, me privó de lo más bello.
Mi alma desvalida, extravió sus ojos
Y ciega, navegó en el espanto,
Como una barcaza colmada con despojos,
De lamentos de penas y de llanto.
Así, en la penumbra sin bonanza,
Surqué las horas amargas de la vida,
En pos de un faro destellante de esperanza
O del titilante fulgor, de una estrella conocida.
En la alborada emergieron las costas anheladas, Arenas de sueños retornaron a mis días
Y ésta, mi pobre alma desahuciada,
Renació al igual que la poesía.

ASI

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Como el perpetuo,
romance de la estrella,
que en las noches,
retorna por su huella
sobre el oscuro
color del universo,
para dar inspiración
a un nuevo verso.

ASi,

Como la profunda
bonanza que acontece,
detrás de la tormenta
tempestuosa.
Cuando yá, de los árboles
Sus ramas no mecen,
surge melancólica
la prosa.

ASI,

Así nacen los poemas.
Los que lees.
Acaso, queden eternamente
en tu memoria ,
ligados al resto
de tus días
y comprendas y enseñes
que la vida,
tambien se dicta
en forma de poesía.